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PERSONAJES POPULARES DE ALBURQUERQUE: Antonio “El Petrolero”

AZAGALA/ PURA HIGUERO

Antonio “el petrolero” nació en Alburquerque y debía su apodo a que su madre vendía el petróleo para las lámparas.

  Al llegar la adolescencia, la familia se marchó al Cardel, hoy casas aisladas de Valdebotoa, y allí empezó a vender frutas con su padre, pero como por aquel tiempo la gente apenas comía este preciado alimento, el negocio no daba para todos, pues eran cinco bocas, ya que tenía dos hermanas: Antonia y Casilda. De esta forma, él marchó a trabajar a una finca de don Ricardo Carapeto y, dos años después, estalló la guerra civil.

  El miedo le hizo regresar a Alburquerque y, a los 19 años, los nacionales le reclutaron para luchar en el frente y su padre, como otros tantos, lo fue a despedir al camión que le trasladaría a Sevilla.

  Estuvo en el ejército siete años y, aunque le gustaba la vida militar, tuvo que regresar a Alburquerque para mantener a su familia. Corrían los años de la posguerra, años de hambre y de miseria.

  Trabajó en el campo, segando en Dos Hermanas. Todos los días, el patrón llevaba a sus empleados habas en baños de cinc para comer. Estas, con el calor y el cinc, se ponían negras como el carbón y Antonio, jefe de la cuadrilla, harto de miseria, cogió un día el baño, le echó un trapo por encima y se vino con él al pueblo. Llegaron a la puerta del casino de La Concordia, donde estaba el alcalde Kiko Gómez y el capitán de la Guardia Civil.

  Antonio se acercó y le dijo al alcalde: “Don Francisco, ¿esto es digno de que lo coman las personas?”, y aquel respondió: “Antonio, vete a Falange que ahora hablamos”.

  Al día siguiente se presentaron el alcalde y el capitán en Dos Hermanas y reprimieron a los dueños por el mal trato a los trabajadores.

  Y así se solucionó el asunto de la comida.

  Algún tiempo después volvió a su oficio de venta de frutas, por entonces, un alimento muy preciado, sobre todo los plátanos. Él los vendía vociferando: “¡Amarillos los vendo!”, “¡Qué buenos plátanos!”. Los ecos de aquellas palabras resonaban por las calles de Alburquerque, que Antonio recorría empujando su carro lleno de frutas, sobre todo plátanos. Por ello, además del “petrolero” le llamaban el “platanero”.

 Empezó utilizando un carro y después un burro. A veces le ayudaba su sobrina Pura Higuero, y esta, cuando terminaba la jornada, le decía: -“Tío, me puedo comer un plátano”, a lo que Antonio respondía: -“Hija, vale una peseta. Cuando se estropee alguno, nos lo comemos”.

  La fruta la conservaba extendiéndola en el zaguán de su casa y aguantaba más que en la actualidad, porque, según cuenta Pura, no tenían química.

  Antonio el petrolero se casó con una mujer llamada Matías, pero no tuvieron hijos.

  Más tarde, aprendió a freír patatas y, con su cesto y su pequeño carro, montaba un puesto en la plaza, donde vendía aquellas riquísimas patatas truchadas. Cuando se hacía tarde y los más pequeños se iban a sus casas, cogía su cesta y recorría todos los bares vendiéndolas en cartuchos.

  Cuando iba al fútbol a ver al Alburquerque, una de sus pasiones, se vestía “de guapo”, con su mascota y cogía su paraguas. Y cuando el árbitro se portaba mal, le amenazaba con el mismo. Un día no pudo controlarse y saltó al campo. Se dirigió al colegiado y, antes de darle el porrazo”, le dijo: “como caballero que soy, con el paraguas te doy”.

  Estuvieron a punto de meterlo en la cárcel, pero medió el alcalde Ángel Pasalodos, y le perdonaron. Pero esa frase ha quedado para siempre como una de las más celebres de nuestro pueblo.

  Pura recuerda también sus discusiones con el “señó” Juan, el del estanco; uno era franquista y el otro rojo, así que se ponían como los trapos. Pero, aunque discutían, llegaron a quererse”.

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