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Esperando en la estación

Aureliano Sáinz

Recuerdo que hace bastantes años, cuando me desplazaba a la Universidad de Málaga para realizar el doctorado, en cierta ocasión salió a debate la relevancia del enseñante en cualquiera de los niveles educativos. Se vertieron diversas opiniones, aunque con matices, bastante similares, pues quienes participaban formaban parte de esta profesión.

Uno de los puntos en los que se estaba de acuerdo es que, una vez que acabados los cursos, pareciera que no se sienten los frutos del gran esfuerzo desplegado puesto que la imagen del maestro o del profesor había perdido el prestigio social que tiempo atrás tenía. Bien es cierto que a veces quienes han sido alumnos nos recuerdan y saludan, más aún cuando ya se ha cumplido la trayectoria profesional y se entra en la jubilación.

Yo daba la razón a quienes opinaban de este modo, puesto que siendo arquitecto les indicaba que, dentro de esta profesión, si uno se sentía satisfecho del proyecto que se había concretado en alguna construcción era posible enseñársela a los amigos como algo físicamente real y palpable, pudiendo ser contemplada y valorada.

En el ámbito que comento, siempre he imaginado al maestro como un sembrador de ideas y de valores que esparce en las mentes de sus pupilos con el deseo de que algún día den los mejores frutos. No se me ocurre mejor metáfora que esta, dado que cuando se confirman esos deseos íntimos resultan ser verdaderamente gratificantes.

Es lo que me aconteció recientemente cuando fui a la estación de tren de Córdoba con el fin de sacar los billetes del AVE para ir a Sevilla a un encuentro familiar, tras la convocatoria que había realizado mi hermano Benigno, que vive en la ciudad hispalense, al igual que Dorita, Abel y Tomás.

Me encontraba de pie con el tique en la mano, mirando de vez en cuando a la pantalla para ver cuándo me correspondía acudir a una de las ventanillas y poder sacar los billetes de ida y vuelta.

Así estaba, cuando noto que alguien se me cerca y me dice: “¡Buenos días!”. Miro a mi lado e inmediatamente reconozco el rostro, al tiempo que con cierta sorpresa respondo: “¡Hola, Julio! ¿Qué haces por aquí, pues hace mucho tiempo que no te veo?”.

Con la sonrisa tímida que le caracterizaba, y con el entusiasmo plasmado en los ojos, me comenta: “¡Qué suerte de haberle visto! Siempre les hablo a mis alumnos de usted, pues nunca se me puede olvidar como profesor… Le comento que utilizo mucho su libro sobre el arte infantil para que ellos realicen el dibujo de la familia y yo pueda conocer sus casos particulares, ya que imparto docencia en un centro de Málaga que se encuentra en una barriada en la que hay situaciones bastantes complicadas…”.

“Me alegra mucho que ya estés trabajando. Es muy buena noticia, y que te estén sirviendo los estudios y las prácticas que realizamos acerca de la familia por medio de los dibujos”, le indico. “Sí, sí, es una temática que, como usted sabe, me interesó mucho por lo que pude contarle”, me responde, afirmando también con un movimiento de cabeza.

Debo apuntar que a Julio lo tuve como alumno hace años en segundo curso del Grado de Educación Primaria. Siempre lo veía solo en la clase, separado del resto, lo que me generaba algo de inquietud y de cierta pena. Es por lo que en una ocasión que no pudo asistir al aula de clases prácticas, le pregunté a un grupo de compañeros suyos por qué no lo habían integrado con ellos para llevar el trabajo colectivo que les había propuesto. Me indicaron que era un buen chico, pero muy difícil de trabajar con él porque era incapaz de hacer nada que no fueran las ideas que tenía en su cabeza.

Así transcurrían los días hasta que un día la clase me pidió poder asistir a una conferencia en la Facultad en la que ellos estaban muy interesados. Les indiqué que no podía suspender la clase, pero que quienes quisieran podían ir sin ningún problema, ya que yo la emplearía en atender las dudas que tuvieran.

Se fueron todos menos Julio. Sentí que, quizás, él quisiera hablar conmigo privadamente, por lo que inicié una charla de tipo personal. Y así fue. Entre otras cosas me contó que estaba estudiando dos carreras a la vez para tener todo el tiempo ocupado, ya que tenía ese carácter retraído desde que de pequeño su padre les abandonó, a su madre y a él, y apenas sabía nada de su paradero. Entonces comprendí las razones de su estado anímico.

Una vez que acabó el curso y pasó a tercero, siempre que lo veía por el pasillo nos saludábamos y en alguna ocasión me detuve para preguntarle cómo le iba.

Terminado sus estudios en la Facultad, le perdí la pista, puesto que no lo volví a ver  hasta este momento que acabo de comentar, por lo que para mí supuso una enorme alegría reencontrarle, aunque fuera durante un rato en la estación de Córdoba, mientras yo esperaba para la compra de los billetes.

Tras el encuentro fortuito, comprendí que mis charlas con él le habían servido algo de ayuda en sus dificultades personales, al tiempo que volvió a renacer en mi interior ese sentimiento íntimo de que, a pesar de no ser visibles los resultados de este trabajo, comprobamos su valor en estos momentos especiales.

Finalmente nos despedimos y le deseé la mejor de las suertes, sabiendo que había dado pasos importantes para avanzar en la vida, aunque fuera caminando con las cicatrices que le habían dejado en su infancia.

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