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Psicología del odio

Aureliano Sáinz

No creo que sea solo una percepción individual, ya que podemos estar de acuerdo en que el odio parece extenderse por el planeta como si fuera una amenaza que pueda mutar en pandemia, tal como aconteció con el reciente coronavirus; pero, en este caso, y por desgracia, no tenemos ninguna vacuna con la que atajar este mal, pues no es todo el cuerpo del individuo el centro de la incubación, sino el propio cerebro dominado por una de las peores pasiones, por lo que resulta más complicado detener su expansión.

Y si no es posible, por ahora, detener esta epidemia, al menos vamos a intentar comprender sus orígenes. Así, dada mi antigua relación y el conocimiento de su obra, acudo otra vez a Carlos Castilla del Pino, quien fuera uno de los más prestigiosos psiquiatras de nuestro país, tomando como punto de partida dos publicaciones: El odio y Teoría de los sentimientos, para que brevemente nos explique en qué consiste esta pasión.

De manera escueta, citaré textualmente y sin ninguna modificación algunos párrafos suyos que aparecen en los dos libros indicados, de modo que construyo una pequeña entrevista virtual, dado que este eminente psiquiatra ya no está con nosotros. Y lo hago para hacer más fácil el acceso a un tema complejo como es el del odio, de forma que quien lo desee puede profundizar en él con la lectura de cualquiera de las dos obras indicadas.

Previamente, quisiera indicar que en sus estudios Castilla del Pino llama ‘objeto’ a todo lo que es externo al sujeto: sea persona, grupo, equipo, institución, símbolo, ideología, partido, actividad…, que se viven como enemigos y que tienen alguna relación, real o imaginada, con el propio sujeto que sufre esta pasión. Así pues, cuando leamos ese término en esta supuesta entrevista entendamos que no se refiere a una ‘cosa’, sino que con él pretende agrupar todos esos conceptos que acabo de describir.

– Para comenzar, ¿qué es el odio?

El odio es una relación virtual con una persona y con la imagen de esa persona, a la que se desea destruir, por uno mismo, por otros o por circunstancias tales que se deriven en la destrucción que se anhela.

Solemos clasificar a los sentimientos en buenos y malos. Hablando del odio, ¿es siempre un sentimiento negativo?

Las cosas no son tan claras, y en muchas culturas se induce al aprendizaje del odio, del mismo modo que en la época clásica se inducía el odio al enemigo, de manera que determinados odios se consideraban y se consideran buenos, e incluso algunos filósofos, como Aristóteles y muy posteriormente Spinoza, hablaron de odios malos y odios buenos.

Si reflexionamos con cierto detenimiento, podemos observar que los sentimientos no aparecen de manera separada unos de otros. En base a este supuesto, cabe pregunta si la envidia y el odio se expresan conjuntamente.

El odio no debe confundirse con la envidia. Si bien no hay envidia sin odio, se puede odiar sin envidiar al que se odia.

Entonces, ¿por qué odiamos y cómo lo hacemos?

Odiamos a todo objeto que consideramos una amenaza a la integridad de una parte decisiva de nuestra identidad. Se incluyen aquí uno mismo y también todos aquellos objetos que uno vive como propios: la madre, los hermanos, los hijos, la casa, la linde, el perro, etc.

El odio a ese objeto amenazador tiene un carácter de ataque, un ataque que muchas veces no puede llevarse a cabo merced a que el sujeto que odia no pierde el sentido de la realidad de lo que ni puede ni debe hacerse. Pero para el que odia el ideal es acabar con el objeto odiado, como forma de hacer desaparecer la amenaza.

¿Para qué odiamos? ¿Hay alternativa o tiene salida el odio?

Odiamos con la pretensión de que nuestra identidad esté a salvo de aquel objeto que la amenaza. Cuando ese odio no tiene carácter espasmódico, cuando, por decirlo de algún modo, se trata de un odio tranquilo, uno se aparta, traza sus fronteras de forma tal que no se inmiscuya en nuestro mundo.

[Con respecto a la segunda pregunta] El odio parece no tener salida, se acumula más y más y, en un momento dado, puede llegar a la destrucción, o al intento de destrucción como forma de acabar de una vez esa amenaza constante.

¿Cómo odiamos y qué medios o formas de destrucción utiliza quien odia?

Aunque no se reconozca, en un intento de salvaguardar su imagen ante uno mismo, cuando se odia se muestra ante los demás y ante uno mismo una suerte de impotencia frente al odiado. En este aspecto, el odio se asemeja a la envidia, ya que, por el hecho de experimentarla, el envidioso ostenta su impotencia frente al envidiado. No se odia a quien se considera inferior: si estorba se le echa.

La difamación, la calumnia, la crítica malévola son formas de destrucción que se pueden llevar a cabo sin demasiado riesgo ni desprestigio. Lo ideal para el que odia es destruir al objeto odiado sin que a él le pase nada.

 Hemos hablado de la época clásica; sin embargo, ¿se aprende a odiar en la actualidad? ¿Es un sentimiento aislado o puede compartirse con otros?

Se aprende a odiar. Somos, es decir, sentimos los mismos afectos, de amor y de odio, que aquellos con los que tratamos de formar una comunidad. El odio es un excelente nexo entre los miembros de un grupo y, con él, se pasa a ser uno de los fieles. Los odios comunes unen estrechamente, y cuando alguien que odiaba como los demás deja de hacerlo, inmediatamente se pierde la confianza en él, es decir, no es de fiar. En las banderías políticas se ve esto muy claramente.

¿Tiene cabida en esta pasión algún sentimiento positivo, como puede ser la compasión?

En el odio no hay lugar para la compasión: es un proceso de relación con el objeto que lleva consigo la instancia progresiva a la destrucción directa o indirecta, empírica o virtualmente.

Para cerrar, ¿se puede vivir sin el odio o, dicho de otro modo, hay personas que no sientan odio?

Hay personas que no odian, que pueden sentir repulsión, rechazo de forma muy varia respecto de un objeto, pero no odio, en el sentido de vivir la presencia de ese objeto repulsivo como un obstáculo insalvable para la supervivencia en el sentido amplio de la palabra. Son, por fortuna para ellos, tan incapaces de odiar como de sentir odio.

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