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La banalidad de la mentira

Aureliano Sáinz

¿Tiene sentido hablar de la verdad en estos tiempos en los que los bulos, las mentiras, los engaños, las patrañas… están a la orden del día, a la vez que, por paradójico que parezca, se toman por ingenuos a quienes defienden la sinceridad personal y la honestidad pública, porque, supuestamente, no están en el ‘mundo real’?

Es cierto que, en la actualidad, esas virtudes que fueron ensalzadas por los filósofos de la antigua Grecia ya no poseen el prestigio que por entonces se tenía de ellas. Imagino, por ejemplo, que si Sócrates levantara la cabeza y comprobara que no interesa para nada la invitación a que buscáramos la verdad, al tiempo que nos interrogáramos sobre nosotros mismos, se horrorizaría al comprobar que lo que predomina es el ‘postureo’, o, lo que es lo mismo, el deseo que ser visto y aplaudido por cualquier ocurrencia que hiciéramos circular por las redes, aunque conllevara los daños nacidos de toda falsa apariencia.

No obstante, y a pesar de la banalidad de la mentira, tan omnipresente en nuestro mundo, queda todavía gente a la que le interesa conocer la verdad. Es decir, que se narren los acontecimientos sin que se filtren por intereses particulares e ideologías contrarias a los derechos humanos. Esto conllevaría a que aquellos cuyas actividades están centradas en la información y la educación -por ejemplo, docentes y periodistas- no se dobleguen ante los intereses corporativos y tengan el coraje de enfrentarse a poderes espurios.

Entiendo, por otro lado, que es complicado tratar sobre la verdad y la mentira (o sobre la banalidad de la mentira, tal como he titulado este escrito) en unas pocas líneas. De todos modos, como he hecho en otras ocasiones, acudo a Carlos Castilla del Pino, de forma que selecciono un grupo de pensamientos suyos que se encuentran en su libro Aflorismos y a los que posteriormente realizo breves comentarios.

La decisión sobre mentira o verdad no la toma nadie por nosotros; la tomamos nosotros mismos, en el interior de nuestra conciencia”.

Evitar el tópico de que ‘lo verdadero’ del ser humano es su intimidad. También lo es la vida pública. Y si en esta se puede engañar (a otro), ¿quién asegura que en la intimidad no nos engañamos más gravemente aún: a nosotros mismos”.

Pareciera que las frases anteriores se contradicen; sin embargo, Castilla del Pino apela al juicio personal como último reducto en el que el individuo se juega la valoración de sus actos. Por otro lado, en las actuaciones públicas se puede mentir o ser veraces, pues no solamente hay que ser coherente o veraz en los comportamientos de temas estrictamente personales.

Toda mentira se construye como defensa de una realidad (externa, interna) que amenaza. La mentira o es necesaria o se cree necesaria. Por eso siempre se ha dicho que decir la verdad es un riesgo”. 

La verdad es dura, aunque a la larga depare el sosiego”.

Todos sabemos por experiencia que, en ocasiones, ser sincero conlleva riesgos de diversa índole, por lo que es un acto de coraje no doblegarse a los engaños aceptados con silencios o aprobaciones sin convicción. También que, a medida que crecemos, nos hacemos conscientes de que tanto las propias relaciones sociales como los comportamientos públicos no son tan transparentes como se nos dice, por lo que solemos actuar con precaución ante el riesgo de ser engañados. 

La veracidad es una cuestión moral. Por eso se puede ser veraz (no mentiroso) y, sin embargo, no estar en la verdad (estar en el error, equivocado)

Que lo versátil de uno no represente mentira. Con otras palabras: hay que ser distinto según con quién se esté: pero con aquel con quien se esté, hay que ser veraz”.

La peor de las mentiras no es decir lo que no es, sino decir quien no se es. Porque no es la mentira sobre un hecho sino sobre uno mismo”.

¿Debemos decir a todos lo mismo o conviene adecuarnos al contexto y a los interlocutores con quienes nos relacionamos? Bien sabemos que no es posible comunicarnos de igual manera con todos, por la diversidad de criterios y de modos de pensar. Así, siendo veraces en nuestras expresiones, los niveles de información que aportamos estarán ajustados a la confianza que nos merecen nuestros interlocutores. Esto, a fin de cuentas, es distinto al uso de la mentira que se utiliza para ocultar o mostrar una personalidad que no se tiene.

Cierro este breve recorrido por la banalidad de la mentira con una frase contundente que Castilla del Pino ha repetido, de diferentes maneras, a lo largo de sus libros:

La mentira es el mal por excelencia. Cualesquiera que sean los males, siempre tienen una cosa en común: la mentira”.

Habiendo sido un eminente psiquiatra que atendió a cientos de pacientes a lo largo de su vida, podemos entender la afirmación que realiza sobre el carácter demoledor que tiene la mentira en las relaciones humanas. Esto nos hace pensar que ahora no nos encontramos en el mejor momento de la historia, ya que vivimos en un tiempo en el que parece que la verdad y la mentira son intercambiables en función de los intereses que entran en juego.

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