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Nochebuena en un cortijo en Alburquerque

LINO DUARTE INSÚA

Eminentemente popular y pastoril es la Nochebuena en un cortijo de Alburquerque. Nadie que la haya vivido puede olvidarla; sobre todo, cuando la evocación tradicional se celebró entre pastores, amigos y familiares que, reunidos al amor de la lumbre, bajo el techo de cualquier cocina campera, cantaron coplas y villancicos al compás de las zambombas y de los almireces, entre tragos y tragos de vino, bebido directamente de la calabaza, acompañado de madroños de la sierra y de las bellotas asadas al rescoldo…

  Parece que lo estoy viviendo: mientras unos, a punta de navaja, rajaban las cáscaras de las bellotas para que no saltaran en la lumbre delante del borrajo y las mondaban entre soplo y restregón, llenándose las manos de ceniza, no faltaba quien, por ser más decidido, descolgaba del “jumero” algunos chorizos de la reciente matanza y, bien en la “morilla” o en los llares, allí los dejaba hasta el crítico momento en que los suponía a punto de caramelo.

  El llamear de la lumbre nos envolvía en ramalazos de luz y de sombras, pero cuando las llamas se iban rápidamente surgía el “soplaor” para hacerlas saltar nuevamente de los leños. Luego, de cuando en cuando, se hacía “bolo”, es decir daba un bocado más hasta que el tocador de turno enjugase, al calor de la fogata, la tirante piel de la zambomba, previamente frotada con ajo crudo para que sonara mejor; pues fue tanta la saliva con que se mojó la mano quien antes la había tocado, que la caña resbalaba de sus dedos sin hacer el más leve ruido.

  Ya la zambomba preparada, nuevamente alternaban las coplas religioso-profanas con los villancicos; desde el romance de “Las doce palabras retornadas”, “La huida a Egipto” y “El Niño perdido”, se pasaba al “Rundin menudin, flor de pirulé, y ¡olé!…”, terminando caprichosamente con el estribillo “La Virgen lavaba sus ricos pañales, San José los tiende, en los retamares”, en loca algarabía que mayores y chicos, con estruendo alborotador y bullicioso de panderetas, tapaderas, zambomba y almireces, hacían temblar las paredes en señal de que se echaba encima la hora de mayor júbilo.

  Ni que decir tiene que, los zagalillos, haciendo causa común con los chaveas de los señores, andaban a la caza de pestiños y perrunillas que, reposando en lebrillos y barreños, al lado del arroz con leche y las torrijas, se hallaban sobre la “cantarera”, en esta tradicional noche que se encuentra vacía de cántaros y demás vasijas que allí suelen a diario depositarse.

  Va acercándose la hora… Desde anteriores días ya se tienen prevenidas algunas cargas de secos gamonitos para que sirvan de luminarias, en unión de los candiles, en la rinconada en donde un Niño-Dios, sobre las pajas pesebreras, en noche semejante vino al mundo para redimir a la Humanidad desde el santo madero de la Cruz.

  Llegado el momento, típicas y originales canciones salen por boca de aquellos mozos que no desconocen “El gabarrán”, especie de danza ejecutada por un hombre solo, que triota arriba y abajo, por la cocina, cantando a coro con los reunidos, que le tocan las palmas; o las coplas conocidas por “La tonada del caldero”, en las que el mismo cantador se acompaña tocando un “calderiyo”, de hierro, de los que usan para hacer las migas.

  Pero… ¿Quién ignora que esta rústica gente posee múltiples y tradicionales enseñanzas? ¡Con qué sabor histórico y religioso exponen sus relatos! Alguien me dijo hace ya muchos años, ¡muchos!:  “Un mayoral setentón es un pozo de sabidurías”. Por ello, pienso que de alguno de estos viejos pastores naciera esta copla: “La Nochebuena se viene, la Nochebuena se va, y nosotros nos iremos y no volveremos más”.

  He aquí, quizás, la causa por la que saben solemnizar la Natividad del Señor. Pues lejos del lugar nativo, y hasta de los suyos, arde la fe de estos hombres rudos, pero nobles, con mayor inquietud, en la noche de la Nochebuena, antes y después de la sopa de almendras.

  Y ahora, si bien es verdad que los recuerdos embellecen la vida, ¿quién puede negarme que al mismo tiempo encierran una tristeza?

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Un comentario

  1. Rafael Pérez Soto Rafael Pérez Soto

    Muy bello y entrañable. Tiene razón D. Lino al pensar que los recuerdos que alimentan nuestras vivencias al mismo tiempo nos entristecen un poco.

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