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Algunas ideas para los Baluartes

Aureliano Sáinz

El entusiasmo que ha despertado la escultura de Pablo Lapeña en el pueblo está totalmente justificado, no solamente por ser una obra magnífica sino también porque el lugar que se ha buscado para ubicarla en la Alameda ha sido un verdadero acierto, dado que la figura del caballero medieval es visible desde todos los ángulos del centro de la villa, siendo posible realizar fotografías de la escultura con el castillo de fondo.

Pienso que esta escultura, en cierto modo, es un símbolo del renacer de Alburquerque, cuya imagen, tan destrozada por la antigua corporación municipal, parecía casi imposible que pudiera recuperarse. Es, pues, una alegría comprobar que el rumbo del pueblo empieza efectivamente a cambiar y que se mira hacia el futuro con cierto optimismo.

En relación con lo anterior, creo que vienen bien las ideas realistas que puedan pensarse sobre espacios del pueblo que se han quedado incompletos y que hay que imaginar algunas funciones para ellos. Digo esto tras haber visitado, cuando aún se encontraba cerrado, el Centro de Interpretación del Medievo y haber comprobado que el primer Baluarte -el Pico de Diamante- tiene ya un destino claro. Quedaba por imaginar qué se puede hacer con el resto, que resulta ser un enorme espacio de hormigón armado al que habría que buscarle futuras soluciones.

Es lo que de manera espontánea la manifesté a Jesús Martín, quien, siendo ya concejal, a petición mía tuvo la cordialidad de mostrarme cómo habían quedado los Baluartes. En aquellos momentos se me ocurrieron distintas opciones, pero eran sugerencias sobre las que habría que reflexionar y debatir.

Tras haberse abierto durante unos días el Centro de Interpretación del Medievo, y comprobarse que hay una parte por completar, pienso en una propuesta que me parece bastante sugestiva, tras conocer las iniciativas que se han llevado en distintas localidades. Se trata de que en el enorme muro de hormigón que se alarga hasta el final sirviera como fondo para la realización de murales pintados por profesionales que tuvieran una sólida formación en el muralismo.

Sobre este tema, algunos pueden recordar que tiempo atrás hablé en dos artículos de los Trampantojos de Romangordo, ese pequeño pueblo cacereño que logró transformarse en una localidad a la que acuden numerosos visitantes atraídos por los magníficos murales que hay pintados en algunas fachadas o medianeras de las casas.

Esta solución ha calado en otros lugares con bastante éxito, de modo que en esta ocasión quisiera hablar de los que se encuentran en el pueblecito salmantino de Garcibuey, cuya corporación buscó una solución similar a la de Romangordo.

De entrada, esto lo podemos comprobar en el magnífico mural que he presentado como portada del artículo, y que sirve para decorar las paredes de la cancha de fútbol sala o balonmano utilizada para que se pueda jugar a cualquiera de estos deportes.

Tal como he indicado, también las paredes y medianeras de las casas sirven para hacerles ver a los visitantes los productos más significativos del pueblo. Es lo que acontece con este mural que se extiende en dos paredes formando ángulo recto y en las que aparece un niño que se tapa los ojos con dos cerezas, fruta característica de la zona. En la otra pared, se nos presenta una rama llena de cerezas, como complemento de la primera imagen.

El trabajo en el campo y los recursos de la naturaleza configuran temáticas que, lógicamente, se muestran en las paredes pintadas de los ámbitos rurales. De este modo, los viñedos y la recogida de la uva son parte integrante de algunas localidades salmantinas, como acontece en Garcibuey.

En algunas de las medianeras, el trabajo parece inacabado; aunque no sé si se hizo de manera intencionada o porque no había presupuesto para acabar la obra. Lo cierto es que, como podemos comprobar, los rostros de los dos jóvenes que miran hacia una señora mayor están excelentemente ejecutados, aunque convendrían reafirmar la pintura.

También el depósito de agua de la localidad fue motivo para ser pintado. En este caso, se toma al lince como motivo de una composición realizada en tonos verdes, acorde con la imagen que ofrecen los campos de esta localidad en las mejores épocas del año.

De modo similar a lo que vimos en los artículos referidos a Romangordo, en el caso de Garcibuey los propios vecinos se ofrecen para que sus rostros queden plasmados en algunas de las puertas de este pequeño pueblo. Muestro como ejemplo el de una señora mayor, cuya cara queda parcialmente pintada en la gama acromática -blanco, negro y gris- sobre un fondo verde.

Quisiera cerrar insistiendo en que esta es una idea, como puede haber otras. La ventaja que ofrece esta propuesta es que el largo muro de hormigón podría ser motivo de temas locales y medievales, de forma que se pudiera comenzar el primer mural por la parte más cercana al Centro de Interpretación del Medievo e ir, paso a paso, avanzando hasta completar todo el largo muro de hormigón. Allí quedaría registrada visualmente parte de la cultura y las tradiciones de Alburquerque para que los visitantes de este gran espacio pudieran conocerlas.

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