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La vida como una aventura

Aureliano Sáinz

En mi infancia, a todos nos gustaba leer cuentos de aventuras protagonizados por personajes que se embarcaban rumbo a conocer mundos lejanos en los que acontecían cosas sorprendentes y maravillosas, muy distintas a las de la vida cotidiana en la que nos desenvolvíamos. Mundos mutables según íbamos creciendo, pero que, a fin de cuentas, no han desaparecido del todo. Bien es cierto que el cambio que se ha producido en los medios de comunicación con la introducción de internet parece que ahora tenemos al alcance de la mano cualquier rincón del planeta, aunque no nos movamos de nuestra casa, por lo que esas aventuras se han modificado.

Estas reflexiones me han venido a la cabeza cuando Emiliano Roa, un gran amigo con el que compartí escuela y correrías en aquellas lejanas fechas, me comentó que en estas Navidades iba a venir desde Chicago su hijo Raúl, después de tres años de ausencia, dado que la pandemia había obstaculizado poder estar con la familia.

Recuerdo que sobre Raúl escribí un artículo que apareció en la extinta revista La Glorieta, cuando era conducida por Francis, pues su pasión por los caballos había dado lugar a que, en 1998, cuando tenía 21 años, se desplazara a la península arábiga, en concreto a Dubái, que es uno de los siete que conforman los Emiratos Árabes Unidos, como entrenador de caballos.

“A mí no me gustaba estudiar”, me comenta en la charla que ahora mantenemos. “Mi pasión eran los caballos, dado que en Alburquerque y en la Plantería, el campo de mis abuelos, yo aprendía durante los veranos de mi infancia, casi como un juego, montando las yeguas, los burros o mulos que mi tío Juan me dejaba. Allí, sin ser consciente de ello, nacía una pasión que me condujo a que ahora sea un caballista”.

Sus padres, Emiliano y Niqui, no sabían cómo convencerle de que, al menos, hiciera el bachillerato o estudiara Formación Profesional. Dado que no querían presionarlo, la suerte les vino en un 12 de Octubre, ya que durante la retransmisión televisiva del desfile de las Fuerzas Armadas, cuando pasaba Guardia Real montando a caballo, el locutor manifestaba que para acceder a este cuerpo tan selecto era necesario tener un título de Formación Profesional o haber realizado el bachillerato.

“Ves cómo es necesario estudiar lo que te decimos para que puedas ser un caballista como estos que estás viendo en el desfile”, le decían intentando persuadirlo. Aquello fue la tabla de salvación que encontraron para que se diera cuenta que para alcanzar sus aspiraciones era necesario realizar esos estudios.

Raúl continúa narrándome su vida: “En mi adolescencia, entre Badajoz y Alburquerque, con Félix Guerrero y Rubén Correa, empecé a conocer jinetes profesionales y montar con ellos los fines de semana y también los veranos hasta que terminé el instituto. Posteriormente, ya me puse más en serio trabajando con Eustaquio Piñero y entrenando los caballos de RAID”, me indica, como paso previo a su estancia en Jerez de la Frontera como jinete de doma.

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Once años después de su primera salida al extranjero, se desplaza a Canadá para trabajar durante el verano y la primavera con ganaderos mejicanos. Allí, en Alberta, territorio anglófono de Canadá, se hablaba en inglés. “Esta fue la razón por la que me busqué una profesora, ya que lo que sabía de este idioma, aparte de mi afición al rock duro, era lo que había aprendido durante mis estudios”, continúa en su relato.

Regresa a España, pero por poco tiempo, dado que algunos amigos le animaron a irse a China, país ubicado geográficamente en otro continente distinto al americano. Raúl ya tiene 33 años. Marcha en 2010, permaneciendo a lo largo de casi dos años. Allí necesitó un traductor que siempre lo acompañaba en su trabajo. Recuerda que le pagaban muy bien, aunque todo era diferente: la cultura, el idioma, el clima, los desplazamientos… Todo era distinto.

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“Siempre acabo regresando a España” me comenta. “Es lo que yo me decía después de esa larga estancia en China, pues el recuerdo de la familia es muy fuerte”.

En este nuevo retorno, gran parte de su trabajo lo desarrolla en Sevilla, ciudad en la que conocería a María, quien llegaría a ser su mujer y compartir las grandes aspiraciones de Raúl en el mundo del trabajo con los caballos.

Pero esa idea de permanecer en suelo hispano parece que no acaba de afianzarse en un espíritu que tiene mucho de aventurero, pues, cuando escucha a los amigos de que hay ofertas de trabajo como jinete en cualquier continente, allí que se va.

Es lo que le aconteció cuando le indicaron que en Australia, que se encuentra junto a Nueva Zelanda en las antípodas de nuestro país, había una interesante propuesta de trabajo. Empezó a pensárselo, a pesar de las dudas que le planteaba estar tan lejos de los suyos.

Así pues, en 2016, se embarca a esa gran isla, que otros consideran un continente, para probar fortuna en una de sus grandes ciudades: Melbourne. Arregla todo el enorme papeleo que se le exige para estar al lado de una señora que había participado en seis olimpiadas y que se encontraba entre los mejores jinetes del mundo.

Me comenta Raúl que la cuadra de caballos era fantástica. Por otro lado, comprueba que se desenvuelve mejor en inglés, idioma que ha necesitado aprender para seguir este itinerario que le ha llevado de un lado para otro.

En esta ocasión no es mucho el tiempo de permanencia. “En Australia estuve solo tres meses. Después vuelvo a Sevilla, a mi sueño, donde conocí a María en el año 2017”, me explica, indicando que su mujer tiene los estudios de Derecho.

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Pero parece que la idea de permanecer con nosotros cambia cuando, aconsejado por los amigos, encuentra una oferta interesante en cualquier lugar del planeta. Es lo que le acontece cuando le hablan de la posibilidad de tener un excelente trabajo en Chicago. Raúl, que ya tiene 41 años, y María no se lo piensan dos veces: cogen las maletas, tras lograr el visado anual que se les concede y se marchan en 2018 a una de las grandes urbes de Estados Unidos.

Han transcurrido ya seis años desde que se encuentran en este enorme país. Raúl está pendiente de recibir la denominada Green Card o tarjeta verde que le permitiría residir y trabajar durante diez años. Por todo lo que me cuenta, creo que bien que se la merece, ya que durante su tiempo de permanencia ha sido un magnífico profesional que alcanzado grandes logros como jinete. Mientras tanto, algunos de los éxitos de Raúl fueron recogidos en la prensa estadounidense.

La charla que mantuvimos se extiende con interesantes detalles. La cierra hablándome de “lo mal que nos ‘vendemos’ los españoles, ya que residimos en un país en el que la alegría está a flor de piel y, sin embargo, nos creemos un tanto desgraciados”.

Quizás este apasionado y aventurero jinete esté cargado razón, pues no hay más que salir de nuestras fronteras y permanecer un tiempo fuera de ellas para valorar positivamente todo lo que tenemos aquí dentro de la piel de toro.

Una vez que Raúl y María han regresado a Chicago, desde Azagala, revista digital editada en Alburquerque, espléndido rincón de Extremadura del que conserva tantos y tan gratos recuerdos, solo me queda desearles toda clase de suerte en su aventura americana. 

***

Comentario de las fotografías:

  1. Fotografía de portada en la que aparecen Emiliano y Niqui que se desplazaron a Chicago para estar con Raúl y María.
  2. Foto del tiempo en el que Raúl estuvo en la Real Escuela de Arte Ecuestre de Jerez, acompañado de su profesor y jinete olímpico Ignacio Rambla.
  3. Montando un caballo de la raza “Lippizana” en competiciones de Estados Unidos, habiendo sido en los tres últimos años el número uno en el nivel Intermedia 1 Kur musical.
  4. Entrega de premios de la final de regionales de USA 2022, en la que Raúl ganó la prueba de la región que comprende Illinois, Kentucky, Ohio, West Virginia, Iowa y Michigan. En la instantánea aparece junto a la prestigiosa juez de doma clásica internacional Lilo Fore.

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