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PENA MÁXIMA

Francis Negrete

Han pasado ya más de 15 años desde que nos dejara Juan José Marmelo, el JARDINERO por excelencia, el que tenía mimadas las plantas de nuestros parques y calles, la piscina o el césped del campo de fútbol que ahora lleva su nombre. 

  Reproducimos este artículo que le dedicamos tras su desgraciada muerte en accidente de tráfico: 

Entre aquella multitud impresionante estaban representadas las tres grandes facetas de su vida: fútbol, arbitraje y ayuntamiento. Antiguos compañeros de faena en cada una de ellas portaban el féretro. Y no podían faltar, como rindiéndole tributo por tantos años de cariño, mimo y dedicación, las flores. Había tantas que se necesitaron dos vehículos para llevarlas.

 La imagen más lejana que conservo de Juanjo Marmelo está ligada al fútbol. Bajo los palos, se lucía en palomitas a veces innecesarias. Pero es que siempre fue elegante. Siempre le gustaron las cosas bien hechas. Esa misma figura fina y estilada del portero titular del Alburquerque que fue, se dejaba notar también cuando señalaba una falta o indicaba un córner; entonces posaba como una estatua erguida y en esa postura permanecía suspenso unos segundos, como un torero, hasta que arrancaba a correr con unas zancadas armónicas. Era un árbitro con estilo y con clase. Eso sí, recto e imparcial, tal vez poco flexible y muy serio, aunque tampoco ocultaba su sonrisa cuando te pillaba en alguna disimulada falta. ¡Y qué bien decía eso de “siga, siga…” cuando aplicaba la ley de la ventaja y las palabras las acompañaba con gestos que parecían ensayados de bien que le salían!

  De su época de futbolista proviene una de esas frases ocurrentes que se transmiten de generación en generación. Fue en uno de los largos desplazamientos del equipo que obligaban a comer fuera de casa. Juanjo, acostumbrado a los platos tradicionales, se sorprendió cuando le pusieron un consomé y exclamó: ¡Sopa en tasa! Así que, extrañado con aquella forma de servir la sopa, partió pan y lo migó en el caldo de la taza.

 Mi relación con Juanjo Marmelo siempre estuvo basada en la complicidad. Él siempre me decía cariñosamente Negre, y se desahogaba hablándome de una de sus principales preocupaciones: el césped del campo de fútbol. Juanjo era tan responsable que sufría enormemente cuando, tras una semana de lluvia en la que entrenaban varios equipos en el campo municipal, temía que el césped no estuviera en buenas condiciones para el partido del domingo. Y eso le desvelaba. Aunque, a veces, se producía un choque de responsabilidades, la derivada de su profesión de jardinero y la amparada en su condición de árbitro. Eran los casos en que él era el encargado de arbitrar un encuentro matutino de categorías inferiores, cuando había llovido, y por la tarde jugaba el primer equipo. ¿Qué hacía entonces? Pues casi siempre suspender el encuentro, aunque el terreno de juego estuviera de sobras apto para jugar. Pero es que Juanjo siempre ponía por delante la impecable imagen de sus trabajos como jardinero y no soportaba que el césped estuviera dañado en los partidos importantes.

 Un coleccionista de palabras de nuestro pueblo como yo, disfrutaba cada vez que le escuchaba pronunciar una que ya es de las principales de mi diccionario particular: “enchapinao”. Y es que me decía, desesperado tras una semana de lluvias: ¡El campo está enchapinaíto!…, con ese timbre de voz peculiar, gracioso, que tantos imitadores tiene en el pueblo.

  Pero Juanjo y yo no sólo hablábamos de fútbol y jardinería, sino también de sus queridas hijas. Él fue un gran padre y estaba orgulloso de sus dos bellezas: Lola y Soraya. La primera ya fue dama hace unos años, y ahora contaba los días para subir al escenario de la plaza con la pequeña, Soraya. Más de una vez hablamos de su extraordinaria hermosura, e incluso hace poco se equivocó en su edad y le supuso un año de más de tanto como deseaba subir con ella al escenario de la plaza el próximo día 8 de septiembre. Deseaba presentar a todos los alburquerqueños a su pequeña, otra de sus grandes obras, elaborada junto a su amada Andrea..

  Soraya subirá al trono un año de estos y su padre estará con ella. Tengo claro que así será… Él la estará protegiendo, guiando sus pasos, y ella no permitirá que su padre salga de su corazón ni un instante ese día.

  Juanjo se fue con sólo 50 años y nos ha dejado huérfanos a todos. No hay nadie que no se pregunte estos días qué va pasar ahora con el césped o con las flores del pueblo, con los setos y jardines, con los árboles y macetas… ¿No perderá Alburquerque su colorido y pasará a ser un pueblo en blanco y negro? Desde luego, no va a ser fácil encontrar a un profesional como él, entregado, responsable, abnegado, cariñoso, amigo… Porque realmente Juanjo era una de esas personas sin malicia, humilde y servicial que va a dejar una profunda huella entre los alburquerqueños. Todo el mundo comenta que le parece imposible que ya no esté entre nosotros, que da la impresión de que va a aparecer, con una manguera, en la Alameda o en la piscina, o con su silbato, en el campo de fútbol o en el pabellón; que se va a escuchar su voz en cualquier conversación sobre un penalti riguroso o un dudoso fuera de juego. Y es que su sombra, como la del ciprés que tanto él conoció, será siempre alargada.

  El azar quiso que en la fatídica noche del 9 de julio sonaran tres silbatos: uno al término de la final del Mundial de fútbol, otro al culminar el partido de la final de las 24 horas de fútbol-sala, por las que tanto trabajó, y un tercer silbato sonó poco después, con un timbre apagado, casi como un quejido, para anunciar el final de la vida de uno de los hombres que con más arte lo llevó: el colegiado Juan José Marmelo Pavón.

  El día de su despedida, miles de personas rendían homenaje a este honrado y buen trabajador cuya memoria no se marchitará con el tiempo. Se secarán las rosas, las petunias, los tulipanes y geranios que sembró la última primavera; se agostarán los jardines y se cortará el césped que él amó. Pero su nombre, su figura, su imagen… estarán presentes siempre en la historia viva de Alburquerque, porque sus obras permanecerán durante centenares de años. Las palmeras de la Alameda o los frondosos árboles del paseo de José Castro o de la piscina, estarán ahí durante siglos y por todas partes habrá vegetales que respirarán gracias a que él plantó su semilla.

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