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Don Álvaro de Luna y las mujeres (virtuosas y claras)

Aureliano Sáinz

Ya sabemos que don Álvaro de Luna fue el personaje más poderoso, tras el rey

castellano Juan II, en la primera mitad del siglo XV. Una historia verdaderamente

apasionante, pues siendo hijo ‘ilegítimo’ de María Fernández la Cañeta llegó a escalar

los más altos cargos del reino y acumular una inmensa fortuna.

También sabemos que, finalmente, acabó cruelmente decapitado en la Plaza Mayor de

Valladolid el 2 de junio de 1453, siendo su cabeza expuesta al gentío colgada de un

garfio o garabato, como escarnio público del antiguo valido del monarca.

Pero pocos saben, sin embargo, que Álvaro de Luna fue el autor de una obra titulada

Libro de las virtuosas e claras mugeres, del que solo teníamos conocimiento de manera

parcial, pero que hace pocos años se editó de manera completa, ya que dos excelentes

investigadores la han abordado con un minucioso estudio previo. Se tratan de María

Dolores Pons Rodríguez, cuyo trabajo vio la luz en 2008, y de Julio Vélez-Sainz, que lo

publicó un año después.

Me parece, pues, muy oportuno realizar una breve presentación de la obra del

condestable de Castilla, basándome en los estudios de estos dos autores, pues resulta

sorprendente que el de la casa de Luna se preocupara y ensalzara la vida de mujeres en

una época en la que ellas apenas tenían significación fuera del trabajo doméstico y la de

traer hijos al mundo (también como medio de enlace de las grandes fortunas o de los

territorios).

Con toda lógica, el Libro de las virtuosas e claras mugeres aparece ahora editado tal

cual fue escrito en el castellano de la baja Edad Media; no obstante, su lectura pausada

da lugar a que entendamos, de manera general, el significado de lo que en él se dice,

aunque haya algunas palabras difíciles de comprender.

El texto se encuentra dividido en tres partes o tablas. La primera parte está destinada a

exponer las virtudes de nombres femeninos del Antiguo y Nuevo Testamento; la

segunda, a las de las mujeres del mundo clásico y, la tercera, a las de féminas cristianas

que tuvieron rangos de reinas o pertenecientes a la nobleza.

El primer folio de la obra (Incipit) se encuentra dedicado a la presentación del autor y a

explicar el contenido de los tres libros o partes principales. En el primer párrafo,

leemos:

“Comiença el libro de las virtuosas e claras mugeres, así santas como otras que

ovieron spíritu de prophecía, e reinas, e otras muy enseñadas. El qual fizo e compuso el

muy noble e ínclito, e muy esforçado cavallero e muy virtuoso señor varón siempre

vencedor e de muy claro ingenio don Álvaro de Luna, maestre de la horden de la

caballería del apóstol Santiago del espada, condestable de Castilla, conde de

Santestevan e señor del Infantadgo, so el señorío e imperio muy alto e muy excelente

soberano príncipe e muy poderoso rey e señor don Juan Rey de Castilla e de León, e

rey segundo de los reyes que en los sus reynos ovieron este nombre”.

Me parece pertinente que ahora sepamos los nombres de las mujeres a quienes don

Álvaro de Luna dedica su libro por considerarlas virtuosas y claras.

LIBRO I: Santa María, nuestra señora / Eva, nuestra primera madre / Sarra / María,

hermana de Moysén / Judit / Ester / Delbora, que fabló prophetizando / la reyna de

Sabba / Sephora / Diana / Ana, madre de Samuel / Clara, que ovo spíritu de prophecía /

Susaña, mujer de Joaquim, de la madre de los siete fijos que fizo atormentar Antión

delante della / Santa Elisabet, una fija de Samuel que ovo spíritu de prophecía.

LIBRO II: Lucrecia / Coclia / Venturia / Tanaquil, reyna / Porcia, fija de Catón /

Sempronia / Antonia, mujer de Diulio / Bilia, mujer de Diulio / Marcia, fija menor de

Catón / Avia / Valeria romana / Virginea, fija de Virgineo / Virginea, fija de Aulio

Publio / Marcia, fija de Barro / Cornelia, fija de Cipión / Claudia vestales, de la fija que

mantenía en la cárcel a su madre con leche de sus tetas / …. / Fambiles fembra griega.

[Aparecen en total 55 nombres femeninos de la Grecia y Roma clásicas].

LIBRO III: Santana / santa Ynés / santa Anastasia / Paula / Hágata / Lucía / Juliana

virgen / María egipciana / Petronila fija de sant Pedro / Julia / María virgen / Teodora /

Margarita / María Magdalena / Crispina / Marta / Eugenia / Justina e Margarita / Secilia,

de Elisabet, madre de sant Johan Bautista, e de Pelaya, e de Cassia, e de santa Caterina.

En total son 88 nombres de mujeres de las que nos habla, considerándolas modelos de

virtud cristiana, aunque las del segundo libro pertenecieran al mundo clásico. Escribe

sobre ellas “porque inhumana cosa nos paresçió de sofrir que tantas obras de virtud e

enxemplos de bondad fallados en el linaje de las mugeres fuesen callados en las

oscuras tiniebras de oluidança”.

Loable objetivo del condestable de Castilla el de rescatar de “las oscuras tinieblas del

olvido” nombres de mujeres, ensalzando sus virtudes y cualidades, tal como se tenían en

consideración en una época con valores bastante distintos a los que ahora tenemos.

No me extiendo más, dado que el estudio realizado por los dos investigadores citados es

exhaustivo, de lo que se deduce la importancia que tiene este libro que ya está al alcance

de todos.

Imagino, por otro lado, que don Álvaro de Luna buscaría esas cualidades que describe

en su obra en las dos mujeres que compartieron sus vidas con él. La primera esposa,

Elvira Portocarrero, falleció tempranamente sin que tengamos datos precisos de la fecha

de la defunción, y, la segunda, Juana Pimentel, apodada ‘La triste condesa’, sobrevivió

35 años a su ejecución, ya que falleció en Guadalajara en 1488.

Para cerrar, y dar sentido a la fotografía de portada, quisiera indicar que los sepulcros

del condestable de Castilla y el de Juana Pimentel se encuentran, uno al lado del otro, en

la capilla de Santiago de la catedral de Toledo, una vez que el nombre y el honor de don

Álvaro de Luna fueran resarcidos. Creo que, si alguno visita Toledo, merece la pena

acercarse a la capilla y recordar que los restos de quien lleva el nombre del castillo de

Alburquerque también nos legó una magnífica obra escrita como reconocimiento de los

valores del género femenino.

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