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TIENE QUE LLOVER A CÁNTAROS

AURELIANO SÁINZ

Mediados de agosto. Enorme calor y gran falta de lluvias. Pareciera que la naturaleza se ha olvidado de nosotros o quisiera hermanarnos con el desierto del Sáhara para que sepamos las penurias que pasan los saharauis en los campos de refugiados de la provincia argelina de Tinduf.

Unas preguntas: ¿Qué fue de aquellas lluvias torrenciales que uno conoció de pequeño en el pueblo, cuando veíamos el agua bajar como cascadas por el Patíbulo y de las que solíamos decir que ‘llovía a cántaros’?

Por otro lado, ¿saben las nuevas generaciones, las mismas que están todo el día enganchadas a los vídeos en TikTok, lo que son los cántaros? ¿Acaso han visto a esas gráciles figuras femeninas caminando y portando cántaros en la cabeza, con un rodete como apoyo y equilibrio de esa carga?

“Tiene que llover a cántaros…”. Esto es lo que nos cantaba el extremeño Pablo Guerrero, allá por el 72, cuando publicó su primer elepé, en el que aparecía la que siempre ha sido su canción más emblemática: ‘A cántaros’.

Pero la lluvia de Pablo Guerrero era simbólica, dado que estábamos todavía en el franquismo, por lo que en su canción reivindicaba una libertad que años después logramos conquistar para nuestro país.

En sus primeros versos, decía así:

Tú y yo, muchacha, estamos hechos de nubes / Pero ¿quién nos ata? / Dame la mano y vamos a sentarnos bajo cualquier estatua / Que es tiempo de vivir y de soñar y de creer / Tiene que llover… / Tiene que llover a cántaros.

La lluvia como metáfora de la vida, de los sueños y de las esperanzas. Pero la lluvia que ahora añoramos es aquella que cae con fuerza desde las oscuras nubes cargadas de agua, la que nos llega de pronto cuando caminamos por la calle y aligeramos el paso para evitar empaparnos, la misma que milagrosamente llena los pantanos de agua y que nos puede volver a decir eso tan olvidado de que “llueve a cántaros”.

(Y ahora, tras esta breve incursión sobre la añorada lluvia, volvamos a escuchar la hermosa canción de nuestro paisano Pablo Guerrero como recuerdo, para algunos, de tiempos de grandes anhelos de libertad y, también, como ruego de los campos sedientos de agua para que vean con creces colmada su sed.)  

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