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LIBERTAD Y UNIDAD PARA NO VOLVER ATRÁS

Redacción Azagala

Hace unas semanas, el Colectivo Cultural Tres Castillos, editor de AZAGALA, recibió el premio Miguel Ángel Blanco a la Libertad, concedido por el PP de Alburquerque, y en el último número de la revista hablamos de ello. Sin pertenecer a este partido, el presidente del Colectivo, José Manuel Leal, y el director de la revista, Francis Negrete, agradecieron el reconocimiento por sus años de lucha para lograr el cambio en Alburquerque y recuperar la libertad perdida con el vadillismo. En ese acto, Francis comparó la situación vivida en nuestro pueblo, “aunque sin pistolas”, con la que sufrió en el País Vasco en los años del plomo de ETA.

Premio a la libertad Miguel Angel Blanco

  Para quienes hacemos posible la existencia de este medio libre e independiente, así como para sus lectores, debe ser un honor tener entre sus manos una humilde revista que ya lucirá siempre el premio con el nombre de otro joven humilde, Miguel Ángel Blanco. Éste logró la unidad de las fuerzas políticas constitucionalistas de toda España, la unidad de todas las personas de bien de nuestro país, y esa misma unidad reclamamos nosotros en este último número de AZAGALA para enterrar para siempre el vadillismo.

Paniagua presidente local del PP, haciendo entrega del premio a Negrete y Leal

  Para conmemorar el 25 aniversario del asesinato de Miguel Ángel Blanco, reproducimos un artículo que escribe en el diario Hoy Jaime González Castrillo.

UNO DE NOSOTROS

La mañana del jueves 10 de julio de 1997, en el número 11 de la calle Iparragirre de Ermua (Vizcaya), Miguel Ángel Blanco Garrido, de 29 años, se preparaba para ir a la gestoría donde trabajaba, en la vecina localidad de Éibar. Era también concejal del ayuntamiento por el Partido Popular, en el cual llevaba algo más de dos años como afiliado. Contaremos su historia transcurridos veinticinco años de su secuestro y asesinato.

  En la humilde vivienda familiar se las apañaban sus padres, su hermana Mar y él. Consuelo, la madre, ama de casa. Miguel, el padre, albañil. Ambos llegaron al País Vasco procedentes de Galicia en los años sesenta en busca de una vida mejor. Ermua funcionaba aquellos años como ciudad dormitorio de Éibar y creció en su mayor parte gracias a la emigración masiva de andaluces, extremeños y gallegos.

  Miguel Ángel salía con Marimar, una chica que le acompañaba en todas sus andanzas desde hacía varios años. Compañera de confidencias, tardes en el parque, ensayos con la banda, largos viajes, era una más de la familia Blanco Garrido. Ambos tenían en mente casarse a corto plazo cuando la banda terrorista segó de cuajo sus ilusiones.

 Ermua no era mayoritariamente nacionalista. Gobernaba el Partido Socialista y el Partido Popular era la segunda fuerza, con cuatro concejales. La izquierda ‘abertzale’, por aquel entonces representada por Herri Batasuna (HB), tenía uno, Jon Cano. Carlos Totorica, alcalde de Ermua en aquel entonces, recuerda como en un pleno, Miguel, ante la verborrea de Cano, tildó de asesinos a los presos de la banda. Es posible que a raíz de aquel tenso debate Miguel Ángel firmase su sentencia de muerte. Nunca lo sabremos. Un compañero y amigo de Cano, Ibón Muñoa, también concejal de HB, cumplió veinte años de condena por alojar a los etarras que asesinaron a Miguel y facilitar al comando la información necesaria sobre sus rutinas. Cano dejó su acta de concejal tres meses después del asesinato de Miguel, no sabemos si por presión popular o por arrepentimiento. Si fue por lo segundo, le duró solo unos años. Hoy sigue siendo concejal en Ermua por EH Bildu. Cada vez que pone un pie en el consistorio, evita mirar el busto que preside la entrada, en recuerdo a Miguel Ángel Blanco.

  Cerca de las tres y media de la tarde de aquel 10 de julio, Miguel salió del portal camino del andén, a escasos cincuenta metros de su casa, para regresar al trabajo. Quizá fuese pensando en el ‘bolo’ que tenía concertado su grupo para aquel trágico sábado, o en sus planes para las vacaciones de verano. Todo mientras reproducía en su cabeza la batería de Héroes del Silencio, que tantos días amenizó sus rutinas. Se bajó del tren diez minutos después en Éibar, y dio, sin él saberlo, sus últimos pasos en libertad. Le estaban esperando. Por delante, sus últimas cuarenta y ocho horas, las peores de su vida.

  Sobre las seis de la tarde, ETA anunció el secuestro a través de su radio amiga ‘Egin’. Si el Gobierno no trasladaba a todos los presos de la banda a cárceles vascas, Miguel Ángel sería asesinado.

  El sábado, día en que vencía el ultimátum, se desarrollaron numerosas movilizaciones en nuestro país. Conmueve saber que Miguel Ángel, aún con vida, nunca llegó a tener conocimiento de la reacción social que clamaba su liberación.

Movilización clamando la liberación de Miguel Angel

  En Bilbao un desalmado pintó con spray la fachdada de la iglesia de Santiago advirtiendo de lo que vendría: “Miguel Ángel no es el último”. “A mi padre nunca le pasará nada porque es de HB”, le decía un chico de unos doce años a sus amigos en Ermua. A quien tuvo la oportunidad de escucharlo, le produjo un encogimiento difícil de explicar a los que no vivimos aquello.

  Al llegar la hora, todas las cadenas de televisión suspendieron su programación y emitieron en pantalla un gran lazo azul sobre el rótulo «Miguel, te esperamos». ETA no rectificó y a Miguel Ángel le dispararon en la cabeza aquella tarde en un bosque de Lasarte, falleciendo de madrugada en San Sebastián. En ese mismo bosque, tiempo después, alguien grabó la señal de la cruz en la corteza del árbol donde Miguel Ángel fue abandonado, queriendo dedicarle su particular homenaje.

  La impotencia y la tristeza se apoderó de millones de españoles que salieron a las calles sin miedo alguno, mientras la televisión y la radio reproducían sus voces desgarradas en el intento por salvar la vida de Miguel Ángel.

Aquellos días nos arrebataron a uno de los nuestros. Aquel joven, uno más entre nosotros, se convertía en mártir. Nacía un símbolo eterno.

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