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REFLEXIÓN DOMINICAL. Desde mi dacha

ANTONIO L. RUBIO BERNAL

Tras tanto tiempo de confinamiento hacer un sincero análisis de la situación no vendría mal, igual que no viene mal tampoco seguir animando a perseverar hasta el final, pues, en palabras de Rafa Nadal, “quien resiste, gana”. Sí traigo para alimentar nuestra esperanza, la tuya y la mía, una reflexión de las muchas del mago de la palabra, D. Miguel de Cervantes Saavedra -1547/1616- que en boca de su universal personaje, D. Quijote,  nos quedó estas: “todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que habiendo durado mucho el mal, el bien esté ya cerca” -¡qué gran maestría a la hora de expresarse en castellano!-

Público y notorio es el autor del robo de este mes de abril -¡joputa coronavirus!-, tiempo en el que he echado en falta seguridad personal por las singulares circunstancias, frente a un oscuro enemigo, cruel y traidor, que va regalando guadaña por doquier, contra el que no hay antídoto de momento- encarecidamente te ruego no prestes la mínima atención a las palabras de Donald Trump: “el desinfectante, que lo elimina (el coronavirus) en un minuto. ¿Y existe alguna manera de que podamos hacer algo así, con una inyección en el interior, casi una limpieza?” Sin comentario-. Esta inseguridad a la que me refería me lleva a la incertidumbre, incluso a la zozobra ante la nueva situación que se nos viene encima, con merma de recursos por falta de producción, indeseados estocajes en el sector agroganadero y sabiendo de antemano que los habrá condenados a no levantar cabeza  -pienso en ganaderos de bravo, con la consiguiente muerte de parte de la dehesa, extremeña también- echando en falta día sí día también un mínimo plan gubernamental para reactivar, en la medida de lo posible, a España, evitando así la ruina que planea sobre nuestra piel de toro.

He echado en falta en todo momento la compañía de nuestros queridos hijos, uno recluido voluntariamente en su centro de trabajo en Manacor, en compañía de su linda pareja, y la otra en Munich en amor y compaña de mi querido sobrino Guillermo, persona buena e inteligente donde los haya, sufriendo un régimen de confinamiento a años luz del nuestro, con posibilidad de pasear, hacer deporte al aire libre, incluso visitar parques donde poder tomar una cerveza propia. Hasta el día de hoy -muchas gracias doy a Dios por ello- sin novedad en el frente, frente que se extiende hasta abarcar a mis cuatro hermanas, ideales mujeres con las que comparto sangre y memoria.

También he echado en falta la llamada de teléfono de personas a las que considero “amigos” para hablar sosegadamente de la situación, cómo la está llevando, qué perspectivas tenemos, etc., y no que, por el contrario, se ha limitado a mandar una y mil veces whatsapp de esos que ni siquiera abres porque hay ciertos asuntos que ni el cuerpo ni la mente, por ahora, aceptan. Siendo sincero, me tiene hundido la cifra de fallecidos -D.E.P., mi apoyo y solidaridad con todos sus familiares, así como todo mi ánimo a las personas enfermas, seguro que os recuperaréis-, sin acabar de entender por qué en mi país no se decreta luto oficial por todos ellos, que bien se merecen un homenaje nacional.

Y qué me ha podido sobrar.  Ante todo, bienestar material. No soy hombre exigente, pero disponiendo de esta entrañable “dacha” -como la llama “el de la gata”-, sin lujos pero con todo lo necesario, me siento más que dichoso. Miro a través de mi ventana hacia una preciosa sierra que pareciese decirme: “anímate, no temas, siempre te gustó caminar por mis entrañas”, pero no, no es momento. En honor a la verdad me ha sobrado, y me sigue sobrando, abundante miedo por si alguno de los tres presentes, con 92, 63 y 60 años respectivamente, presentase síntomas, y cómo no, por la crisis sin precedentes que se nos avecina. Ojalá se cumpliesen las esperanzas de mi buen amigo Kiko -así le llamó siempre la señora Pepa, su madre. ¡Cuánto cariño en el recuerdo!-, quien cree que saldremos bien de esta. Yo, por el contrario, lleno estoy de dudas e incertidumbre, que a veces me invade con preguntas del tipo: ¿habré obrado bien en los últimos años de mi vida?

Sí debo confesar, por el contrario, que estoy disfrutando de mucho tiempo de lectura, de escritura, de reflexión, cosa rara en un país donde triunfa y gobierna el embuste y donde personas con responsabilidades institucionales decepcionan con patente de corso a la ciudadanía; e incluso he dispuesto de tiempo para replantearme mi propio proyecto personal de vida a estas alturas -todo presagia que me apeo del mundanal ruido para refugiarme aquí, próximo a la naturaleza, aprovechando esta oportunidad única que la vida me ofrece-.

Doy al fin, carísimo lector. Si te ha decepcionado lo escrito por mí y leído por ti, de verdad que lo siento, es lo que la musa ha procreado -yo también “prefiero un buen polvo a un rapapolvo”, grande Serrat-, pero tampoco soy yo, como dijese el maestro Mariano José de Larra -1809/1837- de los que quieran que mis reflexiones se propaguen como “las ondas producidas por la caída de una piedra en medio del agua”, pues ¡En este país! -como dijese él- “si todos los individuos conociesen su atraso, no estaríamos realmente atrasados”. Cuídate, corren buenos vientos de fin.

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