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“Se abrirán las grandes alamedas” (Salvador Allende)

ANTONIO L. RUBIO BERNAL

Un nuevo día, bien temprano, en pie; mientras finalizo tareas domésticas, los míos se levantan y percibo en sus caras que el “bicho” no anda por aquí.  Es, sin duda, la mayor alegría posible de cada jornada cuando convives con un anciano y eres consciente de que su sistema inmunitario envejece, razón por la que el virus resulta más peligroso a partir de cierta edad. Se nos mueren los que por circunstancias históricas más sufrieron y, a la vez, trabajaron por levantar este país. Nosotros, tú y yo, de nuevo, nos encontramos en esta cita de miércoles, comunicándonos a través de la página, anticipo de que tu estado también es el idóneo para recargar pilas y seguir en la brecha. ¿Sabías que te tengo prohibido desfallecer, y menos a estas alturas de la batalla, con parte ya ganada? Por primera vez desde que esto comenzó ha vuelto a sonar música country en mi finca, “My little Nashville”.

Con referencia a la contienda, que aquí también conlleva algo de subsistencia, anoche me fui a la alcoba con intención de leer pensando que “no es más rico quien más atesora, sino quien menos necesita”, manera gallarda de acatar mi realidad cotidiana. Veremos si en lo que resta de reclusión -autoimpuesta para mí hasta finales de mayo, al menos, -no por gusto sino por mi cardiopatía isquémica-, soy capaz de vivir conforme al dicho, pues ya se encargó el filósofo alemán Schopenhauer, uno de los más brillantes, de recordarme que “pocas veces pensamos en aquello que tenemos, siempre en lo que nos falta”, quizás porque los humanos somos tan torpes que no nos percatamos que para alcanzar la tan ansiada felicidad primero debemos valorar aquello que poseemos y olvidar pretensiones que en más de una ocasión son inalcanzables. Y lo que resulta más triste: qué pena que para algo tan básico no nos eduquen, aprendiéndolo de mayores, después de mil tropiezos.

A buen seguro que te preguntarás el porqué de lo expuesto. Viene a razón de donde afortunadamente nos encontramos hoy, cuando más que nunca me confío a la ESPERANZA, pues veo su luz con más nitidez que antes. No necesitas dar explicaciones sobre que estás de casa, de pareja, de chiquillos, de comer lo mismo y de no salir hasta donde no es menester referir, pero con resignación aceptemos que nos tocó, sin culpa, pero así fue -les refería el otro día a mis queridos sobrinos: “a vuestros abuelos les tocó la guerra civil, a nosotros la pandemia-. Pero mi esperanza me dicta que el final está más próximo, disminuyendo los fallecimientos, aminorando los contagios e incrementando las altas. Esta es, en esencial, mi impresión, la noticia más deseada desde que la catástrofe comenzó. Tú podrás valorarlo a tu manera, tienes todo el derecho, pero a mí me da alas. El hecho de no haber sufrido la vil enfermedad -tocaré madera- me impulsa a plantearme de nuevo mi razón de vivir, tras esta nueva oportunidad, visionando el gran sueño como alcanzable. Y tan claro lo percibo que con afecto te anuncio: no hay sitio para la desesperación por muchas que sean las adversidades que estén por llegar. A buen seguro, sufriremos desilusiones, decepciones, pero ya nadie nos arrancará la enorme satisfacción de ver que el ímpetu del cruel diablo comienza a mermar. ¡Quién lo diría, tal y como irrumpió! Tras el ímprobo esfuerzo de todos -el nuestro también suma, aunque haya sido desde nuestras moradas-, el de todos aquellos que siempre te nombro, nuestros singulares héroes del Siglo XXI -sanitarios, agentes de seguridad y escuadrón de profesionales-, el pulso se va ganando y pareciese que tanto sufrimiento absurdo e innecesario fuese acortándose. Estamos en fase de “hasta el rabo, todo es toro”, pero ahí permanecen ellos, a pie de guerra, los protagonistas del año 2020 español, y en ellos percibo que no hay rendición posible ni posible desconsuelo; van, cual legión romana, hacia la Victoria, por mucho daño o dolor que todavía este despiadado cause.

Si te apetece, llámame obnubilado, no me importa, pero estoy en tiempo de descuento, en tiempo de soñar con el triunfo, y te invito a que tú también te quites la careta de víctima porque ¡lo estamos logrando! Mañana sentiremos menos miedo y más sosiego. Brinda conmigo por ellos: ¡¡Gracias por vuestro esfuerzo, por vuestra ayuda, por vuestra profesionalidad!! A buen seguro que con altivez nos responderán, como en su día dijo el médico chileno que dio título a este humilde escrito: “La historia es nuestra y la hacen los pueblos”. ¿Tú también te sientes orgulloso?

 

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