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El castillo de Ashford y El hombre tranquilo

Aureliano Sáinz

Es posible que algunos lectores de Azagala digital hayan visto aquella inolvidable película de John Ford titulada El hombre tranquilo y le traigan lejanos recuerdos de la época en la que el Cine La Torre estaba en su apogeo. Pero esta película, si uno ama el cine, como le sucede a la mayoría de ese gran director estadounidense, puede verse en cualquier momento, pues el valor de las obras de los genios de cualquiera de las artes permanece tras el paso del tiempo.

De todos modos, he comenzado por el título de una película para hablar del castillo de Ashford, por las semejanzas funcionales que presenta con las futuras que tendrá el castillo de Azagala.

Y es que, a pesar de que no tengamos noticias más recientes de cómo van las obras en el de Azagala, nos sentimos con cierta tranquilidad al saber que ya no caminará hacia la ruina, como les acontece a cientos de castillos españoles medievales que comenzaron a perder su ‘batalla’ desde el momento en el que apareció la artillería como medio de ataque.

Y es que, a partir del uso de la pólvora en las contiendas medievales, cambió la fisionomía de las fortalezas, por lo que las nuevas se crearon siguiendo los criterios de diseño de los baluartes en forma de pico que propugnaba el ingeniero francés Sébastien le Preste Vauban.

Una vez que ya sabemos que el castillo de Azagala se convertirá en un futuro hotel (esperemos no muy lejano) rodeado de un magnífico entorno, me vais a permitir que en estos artículos que, de vez en cuando, hablo de las fortalezas, escriba en esta ocasión de una manera breve sobre el castillo irlandés de Ashford, por si alguien visita Irlanda y se encuentra cerca del pueblecito de Cong, en el oeste de la isla, mirando al Atlántico, en el que se encuentra este castillo, cuyo perfil aparece en la presentación de la película.

De entrada, debo apuntar que, a diferencia del castillo de Luna y el de Azagala que son castillos roqueros, el de Ashford es un castillo de llano, dado que está en una planicie cerca del lago Corrib y de la costa atlántica.

Fue construido en el siglo XIII, por la familia De Burgos, de origen anglonormando, tras derrotar a la familia de los O’Connors. Con esta referencia, sabemos que su creación fue un siglo anterior al de Alburquerque.

Como puede apreciarse, por la fotografía que presento, su arquitectura difiere bastante de los castillos medievales españoles, aunque su destino, como les sucede a muchas de las fortalezas medievales, con el paso del tiempo iba a ser el de paulatino deterioro. Sin embargo, al igual que ahora le acontece al castillo de Azagala, el de Ashford tuvo la suerte de ser comprado por el filántropo Benjamin Lee Guinness en 1855, con la finalidad de restaurarlo y ampliarlo. Esas ampliaciones y restauraciones modificaron gran parte del castillo original, aunque, gracias a esos cambios pudo sobrevivir.

El mantenimiento de un castillo y sus alrededores es muy costoso, a pesar de que la familia heredera de Benjamin Lee Guinness fuera adinerada. Es por lo que, en 1945, aproximadamente un siglo después de su restauración, sus herederos lo vendieron para ser finalmente destinado a un hotel de lujo, que es la función que en la actualidad cumple.

He comenzado haciendo referencia a El hombre tranquilo (The Quiet Man) que dirigió el gran John Ford en 1952, de modo que para la portada de este escrito he seleccionado un fotograma en el que aparecen los inolvidables John Wayne y Maureen O’Hara y dos carteles que la anunciaban (uno, en versión original inglesa y, otro, en española). Además, no viene mal recordar que la película recibió el Oscar al mejor director y a la mejor fotografía.

Añado, por otro lado, para los aficionados más jóvenes, que el castillo de Ashford también ha sido el escenario la serie estadounidense Reign, de 2013, sobre la vida de la reina María Estuardo, y que ahora puede verse en Netflix.

Para finalizar esta incursión por un castillo irlandés destinado a hotel, sus relaciones con la cinematografía y el posible paralelismo con el castillo de Azagala, quisiera apuntar que no sabemos si, con el paso de los años, el de Azagala tendrá la misma acogida que el de Ashford, puesto que, por ahora, hay que resolver algunos temas todavía pendientes. De todos modos, uno puede dar rienda suelta a la imaginación y pensar que algún día los tres castillos que jalonan Alburquerque podrían ser escenarios de alguna película tan buena como lo fue Los santos inocentes. Por soñar que no quede.

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