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ANSIEDAD

AURELIANO SÁINZ

Triste palabra que todos quisiéramos alejarla de nuestro entorno, pues colinda con otras como angustia, desazón, congoja, desasosiego, que también parecen anunciarnos un estado de ánimo en el que la vida se nos vuelve turbia, oscura y sin aquellos horizontes que nos aseguren que tras el ocaso vendrá un amanecer que limpie el cielo que sentimos muy alejado de nosotros.

Esta palabra, ansiedad, posiblemente, hoy anida en el alma de muchos que viven en Alburquerque. Han visto sus vidas truncadas, como fragmentadas en dos cuerpos partidos en un antes y un después que parecen difíciles de conjugar. Cada cual se habrá preguntado cómo ha sido posible llegar a esta situación inimaginada con anterioridad y en la que en poco tiempo se han agolpado sentimientos difíciles de controlar.

También difíciles de comunicar, ya que no solamente han ocupado en casi su totalidad el ánimo de quien los porta, sino que se extienden por todas las partes del cuerpo, como si un ser extraño e invisible lo hubiera invadido, instalándose de modo permanente, a pesar de que su dueño le insta constantemente a desalojar ese territorio físico que no le pertenece.

En ocasiones, para apaciguar la ansiedad se acude a algún libro en el que encontrar ese sosiego que falta. Se busca la complicidad y la comprensión de alguien que no está presente, pero que ha reflexionado y entendido lo que significa caminar al borde del abismo.

Imagino que habrá muchos textos o autores a los que acudir. Sin embargo, de los que yo conozco, nadie mejor que el gran escritor y poeta portugués Fernando Pessoa, que supo traducir esos inquietantes sentimientos en la que, quizás, sea su obra más conocida: Libro del desasosiego.

Me vais a permitir, pues, que extraiga algunas frases de Pessoa sacadas de ese brillante libro para que nos acerquemos a alguien que supo expresar magistralmente el más íntimo “desasosiego”:

Huérfano de fortuna, tengo, como todos los huérfanos, necesidad de ser objeto de afecto por parte de alguien”.

Todo se me evapora. Mi vida entera, mis recuerdos, mi imaginación y todo lo que contiene, mi personalidad, todo se me evapora”.

He creado en mí varias personalidades. Creo personalidades constantemente. Cada sueño mío es inmediatamente, en el momento de aparecer soñado, encarnado en otra persona que pasa a soñarlo, y yo no”.

Mi alma está hoy triste hasta el cuerpo. Todo yo me duelo, memoria, ojos y brazos. Hay una especie de reumatismo en todo cuanto soy. No influye en mí la claridad límpida del día, ni el cielo de un gran azul puro, marea alta parada de luz difusa”.

Estoy triste, pero no con una tristeza definida, ni siquiera con una tristeza indefinida”.

Estas expresiones no traducen exactamente lo que siento porque sin duda nada puede traducir exactamente lo que alguien siente”.

No me he olvidado del significado más común y compartido de la palabra ansiedad. Pero si la he traído en esta ocasión se debe, no al deseo de recordar fragmentariamente al gran escritor luso, sino al título de un inolvidable bolero que todos (o casi todos) en alguna ocasión lo hemos oído alguna vez. Y, en este caso, la palabra adquiere otros matices que desearía explicar a partir de la primera vez que la escuché musicada.

A pesar del tiempo transcurrido, la recuerdo perfectamente. Fue a finales de los años cincuenta. Subía yo por la calle del Pilar rumbo hacia a la Alameda, en la que me vería con los amigos con los que había quedado para pasar la tarde. De un balcón abierto de par en par salían las notas limpias de una melodía radiada que a mí me parecían que provenían de una mandolina. Me quedé un tanto parado para oír con más detenimiento aquella voz que, con acento extranjero, empezaba a desgranar las siguientes palabras: “Ansiedad de tenerte en mis brazos, musitando palabras de amor…

Era la primera vez que escuchaba este bolero; aunque, de ningún modo, sería la última. A partir de entonces, se hizo más frecuente el que en las ondas de las emisoras de radio se lanzara la sensual voz de un cantante de jazz, Nat King Cole, que había grabado un disco en español y en el que se encontraba esta canción.

Pasado el tiempo, uno comenzó a tener más informaciones de alguien que se hizo tremendamente popular en nuestro país. Nathaniel Adams Coles, que ese era su nombre de pila, había nacido en 1919 en la ciudad de Montgomery, Alabama. Su vida fue muy breve, pues solo alcanzó los 45 años. Es decir, cuando yo llegaba a los dieciséis años su vida se extinguió. De todos modos, su legado musical fue muy extenso. Curiosamente, no sabía hablar español, por lo que tenía que ir aprendiendo a pronunciar cada frase que aparece en las letras de las canciones que había grabado en nuestro idioma.

¿Y a cuento de qué, os preguntaréis, traigo yo ahora esta canción que, a buen seguro, a la gente más joven ni le suena ni le interesa, porque ahora ellos quizás sean entusiastas de Rosalía, C. Tangana o de Morad? Pues sencillamente, porque el autor de este inolvidable bolero, el venezolano Chelique (José Enrique) Sarabia, falleció el pasado 16 de febrero en su país de origen. Esta es la razón fundamental. Creo que merece la pena que se conozca y recuerde a quien creó una canción tan popular.

Los críticos nos dicen que Chelique Sarabia ha sido uno de los músicos más prolíficos de la América hispana. Escribió más de dos mil canciones. De su tema Ansiedad se han realizado 800 versiones, siendo la más conocida la de Nat King Cole, a pesar de que también la grabaron Lucho Gatica o Sara Montiel, entre otros.

Pero, para mí, la gran sorpresa se produce cuando, en 1996, aparece a ritmo de blues en el álbum Como si fuera la primera vez de Miguel Ríos. ¡Un rockero como Miguel Ríos actualizando el mítico bolero en una brillante interpretación y tras casi cuarenta años después de que viera la luz en nuestro país!

Quisiera ir cerrando, diciendo que, lógicamente, la ansiedad, en este segundo caso, se trata de una canción de amor en la que se expresa la necesidad de estar al lado de la persona amada, de contar con su presencia, dado que la pena embarga a quien sufre la ausencia del ser querido. Dos maneras, escrita y musicada, de expresar un sentimiento que en la dura realidad aprisiona a quien lo sufre, aunque en todos los casos se desea apaciguarlo lo más pronto posible.

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