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Guerra, violencia comunal y violencia de Estado

CHARO CEBALLOS SILVA

“Las mujeres son violadas en cualquier conflicto armado, interno o internacional, independientemente de si el conflicto tiene orígenes religiosos, étnicos, políticos o nacionalistas, o una combinación de todos. Ellas son violadas por hombres de todos los bandos, tanto por los enemigos como por las fuerzas “amigas”. Ha habido informes incluso de violaciones y otros abusos sexuales cometidos por miembros de las fuerzas de paz de las Naciones Unidas (Chinkin, 1994).

A pesar de que la violación de mujeres es una constante histórica en las guerras y los conflictos armados es, con la creación de los Tribunales ex profeso para el tratamiento de los  crímenes de guerra cometidos en la ex Yugoslavia y Ruanda,  cuando la violación y otras formas de agresiones sexuales van a ser tipificadas como delitos contra la  humanidad.

Pretendo reflexionar acerca de la violencia ejercida contra las mujeres en conflictos armados y en contextos de genocidio en los cuales se comenzó a visibilizar la violencia sexual ejercida contra el cuerpo de las mujeres y que causaron un gran impacto internacional. Existen tres conflictos armados en los que la mujeres fueron víctimas de violaciones de forma sistemática e intencionada, siendo la intención como argumenta Mackenzie, “más que motivada por un deseo sexual del victimario hacia la víctima, obedecería a la voluntad de destruir el tejido social y familiar de una comunidad determinada”, una estrategia más de genocidio, como veremos más adelante.  Estos tres conflictos son: La guerras de los Balcanes, Ruanda y el conflicto sino-japonés que tuvo en la violaciones de Nanjing uno de los episodios más terribles y dramáticos previo a la Segunda Guerra Mundial. Pero antes de continuar, es fundamental conocer desde una perspectiva de género estas conductas delictivas.

Las mujeres y los hombres somos diferentes desde un punto de vista biológico, pero los papeles que ambos realizamos en la sociedad obedecen a una construcción cultural que ha determinado la evolución y la posición social de la mujer, es decir, el género hace referencia a las relaciones de las mujeres y los hombres y a los papeles que ambos tienen en la sociedad y que le vienen dados, no por la biología, sino por el contexto social, político y económico. Cuando adoptamos una perspectiva de género lo que hacemos es distinguir entre lo natural, que es inmutable y lo social que puede ser transformado. El papel que tradicionalmente la estructura patriarcal  ha asignado a la mujer  ha sido el de cuidadora y en un contexto privado; por el contrario, el hombre ha ocupado el espacio social y su rol ha sido el de protector y sustentador.  Centrando el argumento en los conflictos armados esta percepción de los roles diferentes de la mujer en función del género se exacerban y acentúan en tiempos de guerra cosificando a la mujer y convirtiéndola en un cuerpo susceptible de ser violado, la mujer se convierte en un botín de guerra más.

Según Aguilar, la violencia sexual implica apropiación y daño, la violación es el hecho supremo de la cultura patriarcal, es decir, la reiteración de la supremacía masculina y el ejercicio de derecho de posesión y uso de la mujer como objeto de placer y destrucción.

La violencia sexual tiene una doble dimensión: individual y colectiva, la primera para someter a la víctima mediante el terror que supone la violación y la segunda para humillar a toda la comunidad a la que ella pertenece. Humillar y deshonrar, no solo a la mujer, sino a al resto de la sociedad, ya que las mujeres en muchas culturas son consideradas las transmisoras de valores y tradiciones de generación en generación, mediante la violación se rompe esta cadena. La violencia sexual y los embarazos forzosos en los conflictos armados con un componente étnico o nacionalista tienen también el objetivo de romper estas cadenas de honor. Algunos autores sostienen que la mujer no representa un cuerpo físico sino un cuerpo social, una metáfora que indica que la violencia no se está perpetrando contra la mujer sino contra los valores de identidad grupal que esta representa en su comunidad (Olujic,1998). La violencia sexual ejercida contra la mujer además genera  una segunda humillación, la de saberse estigmatizada y señalada por su propia comunidad  que la culpabiliza de la agresión.  Esta estigmatización refuerza la invisibilidad en la que acostumbra a tener lugar la violencia sexual, puesto que  apenas es denunciada por el temor de las víctimas a ser consideradas culpables; la consecuencia inmediata de no denunciar las agresiones, por temor a ser repudiadas por los suyos, es la impunidad en la que quedan los agresores.

Las violaciones en un contexto bélico han ocurrido siempre, no se inventaron en Bosnia ni en Ruanda, las hubo antes y después y siguen perpetrándose, estos crímenes han tenido lugar en todas partes: Vietnam, Kuwait, Afganistán, Sudáfrica, Liberia, El Salvador, Guatemala, Haití, Perú, Colombia, Argentina, Chile y, como argumenta Chinkin (1994), se comenten por los “enemigos”, los “amigos” e incluso por los “pacificadores” enviados por Naciones Unidas.

Ningún cargo de violación fue presentado en ninguno de los procesos de Nuremberg a pesar de las miles de violaciones que se cometieron de mujeres de todas las edades y nacionalidades y en los distintos países que sufrieron la guerra. En los juicios de Tokio sí se presentaron cargos contra oficiales japoneses por violación[1], pero se consideraron crímenes de guerra y no crímenes contra la humanidad (Elisabeth Odio Benito, 1997)

La violencia sexual contra mujeres en el marco de conflictos armados ha estado invisibilizada hasta, prácticamente, los juicios que se llevaron a cabo por los tribunales que se crearon para juzgar los crímenes cometidos en la antigua  Yugoslavia y en Ruanda en 1993 y en 1994, respectivamente. A partir de aquí es cuando esta violencia comienza a ser entendida como delito de tortura, crímenes de lesa humanidad e incluso de genocidio.

Entre 1992 y 1995 los bosnios y serbiobosnios se enfrentaron en una guerra donde la limpieza étnica y la tortura eran rutinarias. Después del genocidio ruandés que se perpetro durante 1994 y conocidas las atrocidades cometidas en materia de violencia sexual contra las mujeres, la comunidad internacional reconoció las violaciones en el marco de conflictos como crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y genocidio en 2008. Especial interés tiene la sentencia del Tribunal Penal Internacional para Ruanda en la que se condenó a Akayesu por genocidio, “por haber ordenado a otros violar a las mujeres tutsis con la finalidad de eliminar a este grupo étnico, ya que los eventuales nacimientos que se produjeran pertenecerían a la etnia paterna (hutus)”. La sentencia dictada fue la primera en reconocer la violación y la violencia sexual como actos constitutivos de genocidio (Bou Franch 2012). En esta sentencia se vino a tipificar la desnudez forzada también como violación y se consideró esta práctica como  trato inhumano: “¿qué es un ser humano sin sus ropas? Testimonio de Nadine Heftier, en Moreno Feliu (2012).

 

Las violaciones de Nanjing.

La ocupación de la capital china, Nanjing, en diciembre de 1937 se convirtió en un sinónimo mundial de crímenes de guerra” (Adam Jones, 2011)

La masacre de Nanjing comenzó el 13 de diciembre del 1937 cuando el ejército japonés entró en la ciudad. Se estima que las atrocidades se prolongaron durante unas seis semanas, las tropas japonesas participaron en una ola de violaciones, asesinatos, robos, incendios y otros crímenes de guerra. Los soldados japoneses asesinaron entre 260.000 y 350.000 civiles chinos. Estos crímenes vieron la luz por los testimonios de los residentes occidentales que estaban allí y que fueron el material que Iris Chang, escritora norteamericana de ascendencia China, utilizó para escribir su libro “Las violaciones de Nanjing”. Entre los occidentales que estaban en Nanjing cuando ocurrieron los hechos se encontraban John Rabe y Minnie Vautrin, un hombre de negocios alemán afiliado al partido nazi y una misionera estadounidense, respectivamente. John Rabe apeló al propio Hitler para que intercediera ante los hechos que se estaban perpetrando y habilitó una Zona de Seguridad para que los habitantes de la ciudad que no había podido escapar se refugiasen allí.  Sus diarios, rescatados por Chang, describen el horror y el sufrimiento que los soldados japoneses infligieron a su paso. Se estima que entre 20.000 y 80.000 mujeres fueron violadas. Eran violaciones sistemáticas, se las llevaban cautivas y las violaban; en la mayoría de los casos eran asesinadas después de la violación, les mutilaban los senos y les introducían bayonetas o cañas de bambú en la vagina con intención de provocarles la muerte. Las violaciones de Nanjing prácticamente quedaron impunes. El Tribunal de Tokio les prestó poca atención a pesar de que los japoneses violaron de modo sistemático y mantuvieron en situación de esclavitud sexual a millares de asiáticas en las denominadas «estaciones  de confort»[2]. Se dio prioridad a la persecución de loss.  crímenes considerados «serios»: los que atentaban contra la paz (Cardoso Onofre 2011).

Ruanda 

Durante el genocidio ruandés se exterminaron entre 500.000 y 800.000 tutsis. Según Moreno Feliu (2010), este genocidio que se llevó a cabo en 100 días solo fue posible gracias a la participación masiva de la población civil, aunque organizada por la élites políticas. Pero no solo hubo asesinatos sistemáticos, también se utilizó la violencia sexual como arma de destrucción física y espiritual. Según relata Zimbardo se calcula que fueron violadas unas 200.000 mujeres y a muchas de ellas las mataron. En un dramático mimetismo con las violaciones de Nanjing, también fueron penetradas con diversos objetos y armas: lanzas, cañones de fusil o estambres de banano; sus pechos eran mutilados. Las volaciones se perpetraban en grupo, reforzando así la camaradería de los violadores. Siguiendo con el paralelismo chino, una mujer ruandesa fue violada por su propio hijo de 12 años (con un machete amenazando su vida) en presencia del resto de la familia. Otra consecuencia fundamental de las violaciones perpetradas fueron los contagios masivos del virus del sida con la intención de provocar muertes que tendrían lugar posteriormente.

Bosnia Herzegovina

Entre los años 1992 y 1995, entre 25.000 y 60.000 mujeres fueron violadas en Bosnia y Herzegovina. El propósito de las violaciones era perpetrar limpieza étnica contra la población bosnia y se convirtieron en un arma de guerra para provocar desequilibrios poblacionales mediante embarazos forzosos y mutilaciones que provocaban esterilidad. No fueron hechos aislados, se organizaron campos de concentración femeninos como los de Foca o Visegrad, en los que mujeres de todas las edades fueron violadas y torturadas, según manifestó el propio Tribunal Penal para la Antigua Yugoslavia (TPIY) en tres sentencias históricas como Delalic, Furundzija y Kunarac. En muchas ocasiones la familia era testigo directo de estas violaciones con el objeto de provocar la humillación de su grupo étnico (Kucukalic, 2014). Muchas mujeres eran violadas con la intención de quedarlas embarazadas de serbios y se las retenía para que no pudiesen abortar (Villellas Ariño, 2010).  En palabras de la organización Women Under Siege, “las mujeres bosnias eran violadas para ocupar vientres inferiores por esperma superior”. El baile de cifras con respecto a las violaciones estriba en la dificultad de saber con certeza cuantas se perpetraron, debido a que muchas mujeres no denunciaron a sus agresores, bien por miedo a represalias o por el estigma social que suponía la violación.

Desde tiempos remotos las mujeres han sido objeto de todo tipo de agresiones, sus cuerpos susceptibles de ser ultrajados y violados, en tiempos de paz y en tiempos de guerra. Sin embargo, la violación en conflictos armados no es constitutiva de delitos de lesa humanidad hasta el Estatuto de Roma de 1998. Naciones Unidas ha tenido que contemplar con estupor cómo algunos de sus funcionarios eran acusados de los mismos  crímenes de los que la ONU abomina. Ser atacada por los que se suponen que tienen que protegerte no es muy alentador. La maldad y la crueldad humana no conocen límites y no hemos llegado al final. Actualmente se siguen cometiendo masacres, genocidios, asesinatos, violaciones en cualquier parte del mundo donde hay un conflicto armado. ¿Para qué sirven entonces todos los tratados, resoluciones y recomendaciones de los organismos internacionales si no son capaces de parar las barbaries? En cualquier momento y en cualquier lugar pueden volverse a cometer las mismas atrocidades que ya se cometieron antes. Las violaciones de Nanjing, de la ex Yugoslavia y de Ruanda son solo un ejemplo entre muchos otros, son una constatación de la barbarie y la extrema crueldad a la que puede llegar el ser humano. Sigue pasando.

 

BIBLIOGRAFÍA

-Andrea Silva, Elizabeth. “Los actos de violencia sexual contra las  mujeres en conflictos de guerra como  constitutivos del crimen de genocidio: Análisis del caso Akayesu.”. Memoria fin de Grado. Universidad de Chile. 2013

-Bou Franch, Valentín: “Los crímenes sexuales en la jurisprudencia internacional” “Revista electrónica de Estudios Internacionales”.2012

-Cardoso Onofre de Alencar, Emanuela. “La violencia sexual contra las mujeres en los conflictos armados” “Revista para el    análisis del derecho”  Universidad Autónoma de Madrid. 2011

Jones, Adam. “Genocide” 2011

-Kucukalic Ibrahimovi, Esma “Las mujeres violadas en la guerra de bosnia, dobles víctimas del conflicto 20 años después” “Instituto Español de Estudios Estratégicos” .2014

-Moreno Feliu, Paz. “En el corazón de la zona gris: una lectura etnográfica de los campos de Auschwitz” Editorial Trotta. 2012

-Odio Benito, Elisabeth “De la violación y otras graves agresiones a la integridad sexual como crímenes sancionados por el derecho internacional humanitario (crímenes de guerra)” 1997.

-Villellas Ariño, María. “La violencia sexual como arma de guerra”. “Quaderns de construcció de pau”. 2010

Zimbardo, Philip. “The Lucifer Effect”. Chapter one. 2007

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