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HISTORIA DEL FEMINISMO: Feminismo y socialismo. Utópicas y marxistas

CHARO CEBALLOS

En 1848 las sufragistas norteamericanas en reúnen en Seneca Falls donde se redacta la “Declaración de sentimientos” considerada el texto fundacional del sufragismo norteamericano. Sin embargo, esta fecha será siempre recordada en los anales de la historia como la del año en que se publica el Manifiesto Comunista de Marx y Engels. Las reivindicaciones de las mujeres ya tenían casi un siglo de trayectoria, pero la influencia del socialismo y de las mujeres socialistas tuvieron una importante influencia en el movimiento feminista. La demanda de justicia social y la crítica a la subordinación de la clase trabajadora y de la mujer son compartidas por feministas y socialistas, sin embargo, feminismo y socialismo no siempre fueron un matrimonio bien avenido, como ilustra Heidi Hartmann en su famoso artículo[1]. Ambos se acusan mutuamente de no ocuparse de las reivindicaciones y demandas de los otros. A las feministas burguesas se les recrimina el olvido de la situación en la que se encuentran las obreras y, al movimiento obrero se le acusa de no hacer caso a las demandas de las mujeres. Muchos militantes de estas corrientes de pensamiento, incluidos anarquistas y sindicalistas, defendían la figura tradicional de la mujer como esposa y madre.

Pero, según indica Ana de Miguel, el socialismo como corriente de pensamiento siempre tuvo en cuenta a la mujer, no porque el socialismo fuera necesariamente feminista sino porque no se hubiera entendido que en el siglo XIX se diseñaran proyectos igualitarios dejando fuera a la mitad de la humanidad. Es en este siglo cuando eclosiona un potente movimiento obrero que reivindica la mejora de las condiciones sociales y laborales de la clase obrera; las consecuencias de este movimiento obrero serán las revueltas, los conflictos de clase, las huelgas y la organización sindical masiva que se alargará hasta los primeros años del siglo XX. Pero, dentro del movimiento obrero surgen voces como las del anarquista francés Pierre-Joseph Proudhon o la del socialista alemán Ferdinand Lassalle que defendieron que el lugar natural de la mujer era el espacio doméstico.  La presencia de la mujer en el mercado laboral suponía una oferta de mano de obra barata que competía con la de los hombres y, en lugar de buscar igualdad salarial, defendieron la expulsión de las mujeres del mercado laboral.  Las feministas socialistas, por tanto, tendrán dos frentes abiertos, por un lado, criticarán la poca perspectiva de clase del movimiento feminista, pero por otro encontrarán obstáculos para participar en los movimientos obreros e introducir cuestiones de índole femenina en la agenda revolucionaria. Ni todos los socialistas eran feministas, ni todas las feministas eran socialistas, pero ser feminista era mejor que no ser nada para la causa de la mujer.

Las fuentes de las que bebieron las primeras feministas socialistas hay que buscarlas en el socialismo utópico, cuyas posturas en relación con la mujer fueron bastante progresistas. Las seguidoras de socialistas utópicos como Owen o Saint-Simon señalaron que sin cuestionar el dominio de los varones en el terreno sexual y relacional no habría libertad para las mujeres trabajadoras, incluido el control de la natalidad como condición sine qua non para dicha libertad. Ni que decir tiene que las mujeres que se declararon admiradoras del socialismo utópico y profesaron los postulados del amor libre fueron tildadas de libertinas e inmorales.

Una de las pioneras del feminismo socialista fue Flora Tristán. Para el historiador Pérez Garzón esta activista merece especial atención por dos motivos, el primero de ellos por anticipar cuestiones de feminismo moderno y, el segundo, porque unió clase y género en la misma opresión. Fue la pionera de un feminismo que abogaba por la unión de todas las mujeres sin distinción de clase, ya que la opresión patriarcal era común a todas ellas. Para Flora Tristán todas las mujeres estaban oprimidas, incluso las ricas. En 1843 escribe Unión obrera, donde propugna la necesidad de organizarse bajo la consigna “Proletarios del mundo, uníos”, frase que se suele atribuir erróneamente a Karl Marx porque aparece en el Manifiesto comunista.

El socialismo de inspiración marxista se impone a mediados del siglo XIX en el movimiento obrero, esta vertiente socialista sostiene que la opresión de las mujeres procede, no de su biología, sino de causas sociales, en concreto, de la aparición de la propiedad privada y la exclusión de las mujeres del ámbito de la producción social. Esta postura la desarrolla Engels en su texto El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Sostiene que la propiedad privada masculina y el desarrollo de la familia monógama provocaron la transformación de la mujer en la sociedad. El varón, en su afán de transmitir su patrimonio a sus descendientes debía asegurarse su paternidad genética, de ahí la importancia del matrimonio monógamo; la consecuencia fue “la derrota histórica del sexo femenino en todo el mundo[2]”.  La emancipación de la mujer, por tanto, estaría intrínsecamente vinculada a la independencia económica que le pudiera proporcionar el trabajo.

Pero incluso dentro del seno del socialismo se utilizaron argumentos para evitar la incorporación de las mujeres al ámbito laboral: sobrexplotación de las obreras, abortos, mortalidad infantil, incremento del desempleo masculino o el descenso de los salarios por la competencia femenina.

Como ya indicó Auguste Bebel[3] en La mujer y el socialismo, no todos los socialistas apoyaban la igualdad de los sexos, “no se crea que todos los socialistas sean emancipadores de la mujer; los hay para quienes la mujer emancipada es tan antipática como el socialismo para los capitalistas”.

Será la alemana Clara Zetkin quien siente las bases para un movimiento socialista femenino. Zetkin fue una activista práctica más que teórica, puesto que su intención era hacer una tarea de educación y proselitismo persuadiendo a las masas.  Para Clara Zetkin el principal problema de la mujer es el capitalismo y la explotación económica de la que es objeto, de forma que la solución pasará por la integración de esta en el sistema productivo, aunque esta postura, como ya hemos indicado, no es compartida por todas las filas del movimiento obrero. Es antológica la regañina de Lenin a Zetkin cuando le recrimina que en las reuniones las obreras se dediquen preferentemente a hablar de problemas de índole sexual y matrimoniales, como si ese fuera un objetivo primordial. Para los próceres del socialismo marxista los problemas relacionados con el matrimonio, la sexualidad o la familia eran secundarios, siendo las cuestiones laborales y sociales mucho más importantes y urgentes. Las mujeres continúan siendo la causa aplazada, lo importante es la revolución del proletariado y no la de las mujeres, ya que se pensaba que conseguida la primera se conseguiría la segunda. Nada más lejos de la realidad.

Será Alexandra Kollontai la que dé un paso más dentro del marxismo situando el amor y la sexualidad en el centro del debate político. Gracias a Kollontai se empiezan a cuestionar problemáticas que más tarde serían reivindicadas como centrales por el feminismo de los 70. Trabajó como escritora y propagandista a favor de la clase obrera y también comprobó el poco interés del partido por la liberación de las mujeres. Estuvo exiliada durante un tiempo en Europa y en Estados Unidos y regresó a Rusia en 1917 para formar parte del primer gobierno de Lenin.  Alexandra Kollontai, según Ana de Miguel, no se conforma con incluir a la mujer en la revolución, sino que define cuál debe ser la revolución que necesitan las mujeres y, esa revolución, es la de la vida cotidiana, de las costumbres y de las relaciones entre los sexos.  Defendió el amor libre, la igualdad de salario, la legalización del aborto y la socialización del trabajo doméstico y del cuidado de los niños. La “nueva mujer” que proclama Alexandra Kollontai tiene que ser independiente no solo económicamente, sino psicológica y emocionalmente. Sus reivindicaciones están estrechamente relacionadas con la vida íntima y sexual de las mujeres, que no lograrán emanciparse hasta que no dejen de colocar el amor como prioridad. Sus políticas y postulados feministas no tuvieron ningún predicamento entre la mayoría de los miembros del Partido Socialista, en 1921 pierde el apoyo de Lenin y es cesada como ministra Sanidad. Alexandra Kollontai al igual que otras feministas ilustres como Clara Campoamor, antepusieron sus ideales y reivindicaciones feministas a los intereses de sus respectivos partidos políticos sin importarles las consecuencias que, posteriormente, la defensa de sus principios tendría en su trayectoria vital y profesional.

Bibliografía consultada

Balaguer, Rebeca Moreno. Feminismos. La historia. Akal, 2019.

Miguel, Ana de. «Feminismos.» En 10 palabras claves sobre mujer, de Celia Amorós. Verbo Divino, 1995.

Miguel, Ana de. Neoliberalismo sexual. El mito de la libre elección. Cátedra, 2015.

Pérez Garzón, Juan S. Historia del feminismo. Catarata, 2011.

Varela, Nuria. Feminismo para principiantes. Ediciones B, 2008.

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NOTAS

1-“Un matrimonio mal avenido: hacia una unión más progresiva entre marxismo y feminismo”.  http://archivo.juventudes.org/textos/Miscelanea/Un%20matrimonio%20mal%20avenido.pdf

2-Friedrich Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.

3-Citado en Feminismos de Ana de Miguel.

IMÁGENES

Portada: Manifestación de socialistas feministas.

Foto 1: Séneca Falls. Declaración de sentimientos.

Foto 2: Heidi Hartman.

Foto 3: Flora Tristán. Feminismo socialista.

Foto 4: Obra de Engels.

Foto 5: Clara Zetkin.

Foto 6: Alexandra Kollontai.

 

 

 

 

 

 

 

[1] “Un matrimonio mal avenido: hacia una unión más progresiva entre marxismo y feminismo”.  http://archivo.juventudes.org/textos/Miscelanea/Un%20matrimonio%20mal%20avenido.pdf

 

[2] Friedrich Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado

[3] Citado en Feminismos de Ana de Miguel