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La inocente furia del amigo Luis

PEPE TOLEDANO

Existen personajes en la vida de los pueblos que les hacen ser diferentes y que inciden de alguna manera en el recuerdo de su gente. Son aquellos que destacan por sus peculiaridades o manera de ser. El caso que nos ocupa es el de una persona muy entrañable para todos los alburquerqueños, una persona a la que la vida le jugó la mala pasada de no dotarle de una inteligencia sabia, pero sí de un gran corazón y de sentimientos que para sí quisiéramos muchos. Me estoy refiriendo a nuestro desaparecido y entrañable amigo Luís.

Aún me parece verle pasar por mi calle cuando iba o venía de su casa, soltando toda clase de improperios contra no se sabía quién hasta que no le preguntabas a él. Después, se inventaba toda clase de argumentos a fin de justificar el motivo de su rabieta. Era una persona en la que resaltaba su inocencia y también su sentido de la colaboración. Se mostraba solícito ante cualquier encargo que se le hacía y, a pesar de su déficit mental, sabía, a su modo, realizarlo con soltura. No sabía leer ni escribir, pero sí crearse a su alrededor todo un mundo imaginario. Era posible que algunos intentaran sacarlo de sus casillas, siempre sin mala intención, diciéndole esto o lo otro a fin de comprobar su reacción. Y era en ese momento cuando aquél solía estallar acordándose de la familia de quien lo provocaba. Al rato se le pasaba la furia y volvía a ser todo bondad.

Su discapacidad psíquica no le privaba de realizar trabajos en el pueblo para unos y otros. Siempre y en todo momento estaba dispuesto a ello, ganándose unas pesetas por sus servicios. Todo el pueblo lo quería y todos reímos con sus tergiversadas y a veces imaginarias noticias. Él se encargaba de difundir por todo el pueblo los acontecimientos que en Alburquerque tenían lugar. Fueran buenas o malas noticias; nuestro Luis las difundía por el pueblo a su manera, inventándose el motivo de las mismas. Así, por ejemplo, se preocupó durante mucho tiempo de descalificar las películas que el encargado de seleccionarlas nos vendía como verdaderas obras de arte. Para nuestro querido Luis todas eran malas y así lo pregonaba por las calles y bares del pueblo. Curiosamente, en la mayoría de las ocasiones acertaba.

¡Cuántas veces le mandaron mi padre y otros taberneros a buscar cerveza a casa de José Valle o Joselino Mayo! Nunca les falló. Nunca les rompió nada ni les faltó nada y, sin embargo, qué poco pedía a cambio. Recuerdo que cuando acababa de realizar un servicio y le preguntabas cuánto tenías que darle, te respondía exclamando y encogiéndose de hombros: ¡Y yo qué sé!

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Portada: Luis, con un burro disfrazado.

Foto 2. Luis, con Carlos Barrantes, desgraciadamente también fallecido ya.

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