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Me da vergüenza

Por AURELIANO SÁINZ

Uno de los sentimientos básicos del ser humano es el sentido de la pertenencia, tal como apuntaba el gran psicólogo Erich Fromm. Y es que las personas para poder vivir necesitamos saber quiénes somos, a qué familia pertenecemos, cuáles son nuestras raíces entendidas como el lugar en el que nacemos y la tierra a la que se encuentra, entendida de manera concreta, como la comunidad territorial, o de forma amplia, como es la nación.

Estas raíces nos vienen dadas, así como la lengua que heredamos de nuestros antepasados. Sin embargo, a medida que crecemos, nos vamos construyendo una identidad a partir de la complejidad de la sociedad en la que vivimos, por lo que empezamos a cuestionarnos algunas cosas heredadas y nos decantamos personalmente por ciertas posiciones políticas, religiosas, sociales, etc.

A partir de ese sentido de pertenencia nos podemos sentir orgullosos de nuestra familia, de nuestros padres, del respeto social que se hayan ganado con sus actitudes, con su trabajo, con sus valores. De igual modo, esa razón de pertenencia se nutre también de los valores históricos, culturales, tradicionales, etc., del pueblo que nos vio nacer. El sentimiento del que hablo estaba muy arraigado en quienes nacimos en Alburquerque, pues habíamos heredado de nuestros ancestros un entorno maravilloso, un pueblo envidiable y una fortaleza de la que todos nos sentíamos cargados del mayor de los orgullos.

Pero los pueblos van cambiando: algunos para bien y otros, por desgracia, entran en un proceso de declive por las nefastas políticas municipales que se llevan adelante. También se dan otros factores que condicionan el desarrollo necesario para avanzar.

En el caso de Alburquerque, tal como aconteció en muchos otros pueblos de la geografía española, fue perdiendo población a partir de finales de los cincuenta y especialmente en las décadas de los sesenta y setenta, ante la falta de perspectivas laborales. Recuerdo que en mi infancia el censo municipal nos decía que contábamos con más de 12.000 habitantes, más del doble de lo que tiene en la actualidad.

Muchas de las personas que salieron hacia fuera lo hicieron por razones de trabajo; algo comprensible, pues el trabajo es fundamental para desarrollar la propia vida y la familiar. No obstante, creo que muchos de los que tuvimos que desplazarnos hacia fuera conservamos los gratos recuerdos de un hermoso pueblo y el orgullo de poder contárselo a quienes íbamos conociendo a lo largo de nuestra vida.

Algunos hemos conservado los vínculos con el pueblo que nos vio nacer, sea por las visitas que esporádicamente se podrían realizar o por el contacto habitual. En mi caso, la relación ha sido estrecha a partir de hace bastantes años. Por otro lado, a los amigos les invitaba a visitarlo, indicándole que no se arrepentirían. Varios de ellos lo hicieron y volvieron encantados de haber conocido un lugar que desconocían, puesto que hay que desplazarse específicamente a él, pues no queda en medio de las vías más concurridas.

Por otro lado, al presentarme en la clase en el comienzo del curso, les indicaba a los alumnos mi lugar de origen, Alburquerque, al tiempo que les preguntaba si lo conocían o habían asistido al festival de Contempopránea. Bastantes me decían que sí tenían noticias del festival y otros que conocían el pueblo porque habían asistido en alguna ocasión.

Pero el declive que vive Alburquerque desde hace unos años es enorme: desidia, falta de limpieza, inconcebible deterioro de las calles, ausencia de pagos municipales, abandono del Castillo a su suerte, inmisericorde destrozo del inigualable paseo de las Laderas… Y todo ello justificado con los más variopintos tipos de ocultamientos, adobados con mentiras y más mentiras, que se derivan de una política en la que el despotismo reinante unida al servilismo de una parte de la población han conducido a que ahora el pueblo sea conocido por la política esperpéntica que lleva adelante esa insufrible pareja.

No es de extrañar que en uno de los escritos recibidos en el Facebook de Azagala podamos leer un texto del que extraigo el comienzo: “Es triste que, cuando salgo de mi pueblo, me da vergüenza decir de dónde soy, pues nos conocen en todas partes, no por nuestra historia, ni por nuestro Patrimonio, ni por nada más que no sea la Política local…”

Posiblemente quien escribió esto estuviera cargado de razón, lo que no deja de ser desolador comprobar que alguien que tiene su familia y sus raíces bien afianzadas en el pueblo llegue a manifestar este sentimiento tan desolador. Además, no es de alguien que contempla de forma pasiva el desquiciado rumbo que vive Alburquerque, porque, a continuación, le recuerda a la gente la convocatoria para el lunes, 9 de noviembre, en la Plaza de España. Y no es que se avergüence de ser alburquerqueño; sino, como bien dice, por la nefasta imagen que se ha dado del pueblo por la política local.

Posteriormente, pude comprobar que no es el único que tiene ese sentimiento y que lo expresa con enorme sinceridad, pues deja bien firmada su autoría, ya que a continuación aparecen dos escritos de personas abiertamente comprometidas que nos dicen:

Hace años que me da vergüenza decir que soy de Alburquerque cuando voy a Badajoz. Esto nos es nuevo de ahora, este tema lo llevamos sufriendo de hace muchos años, y lo estoy diciendo con muy buena memoria…”

Puedo afirmar lo que comenta nuestro compañero. No es un hecho aislado, especialmente en el caso de alburquerqueños que viven en Extremadura, donde ya se conoce bien la situación esperpéntica en que vive nuestro pueblo y el incomprensible ‘borreguismo’ y conformismo de muchos de sus vecinos, sino que a mí mismo me han comentado diversas personas que les da vergüenza decir que son de Alburquerque”.

Tal como apuntaba al comienzo de este escrito, el que haya gente que se avergüence de la situación en la que se encuentra nuestro pueblo es clara manifestación de que quienes han llevado y llevan esas políticas municipales conducen no solamente a los deterioros de los aspectos visibles, sino también que están destruyendo algo tan importante como es el sentir orgullo de pertenecer a un pueblo que debería ser admirado por muchas razones.

Por mi parte, quisiera apuntar que, independientemente de la situación de pandemia que vivimos, ahora no tengo el valor de invitar a los amigos a que vengan a conocer Alburquerque: me avergonzaría de que conocieran el desastre al que lo han conducido personas con nombre y apellidos, que demagógicamente se presentan como grandes defensores del pueblo trabajador.

Para cerrar, quisiera decir que solamente quienes aman de verdad al pueblo y dan la cara públicamente por él pueden sentir esa vergüenza de la que hablamos, pues no bastan las ambigüedades, los postureos y las bonitas palabras cuando no se acompañan realmente de los hechos.