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Verdugos (1): Los oficiales

JUAN ÁNGEL SANTOS

 “La gente huye de mí, unos me miran con miedo, otros parecen tenerme asco, pero no soy yo el que mata, la que mata es la ley”. Áureo Fernández Carrasco, verdugo de la Audiencia de Madrid.

Según la RAE, un verdugo es, entre otras muchas cosas, un “Ministro de justicia que ejecuta las penas de muerte y en lo antiguo ejecutaba otras corporales…” De manera objetiva pues, el verdugo es, desde el siglo XVII, un funcionario de justicia al que le toca la honorable y amarga tarea, según se mire, de ejecutar las condenas a muerte dictadas por los jueces o autoridades superiores. Es el verdugo del poema de Espronceda: “Y ellos son justos,/yo soy maldito;/yo sin delito/soy criminal…” el chivo expiatorio en el que la sociedad deposita su venganza y descarga su culpa, el epílogo de la moral y el orden público, la expresión máxima de la capacidad represora del Estado. Son también Amadeo (Pepe Isbert) y José Luis (Nino Manfredi), suegro y yerno, los verdugos de la inmortal tragicomedia dirigida por José Luis García Berlanga en 1963, con una gloriosa escena final en la que verdugo y condenado son víctimas de la angustia y la tensión del momento, sin que pueda distinguirse quién es quién.

Claro que no todos los verdugos han sido tan pusilánimes como el pobre de José Luis. Hay verdugos en los que la profesión se convirtió en una cuestión de tradición y de sangre, y no me refiero a la vertida por los ejecutados, sino a la propia, la de la familia como es el caso de los Sanson de París, siete generaciones de verdugos oficiales que durante más de siglo y medio ejercieron el bien retribuido pero detestado ministerio de la pena capital. El más famoso de la saga fue Charles-Henri Sanson, verdugo al servicio de Luis XVI al que terminaría decapitando en 1793 y por cuyas manos pasarían casi tres mil víctimas con cuellos tan ilustres como Danton, Robespierre o Saint-Just. “No os olvidéis, sobre todo no os olvidéis, de mostrar mi cabeza al pueblo, merece la pena.” Dirá el jacobino Danton a su verdugo poco antes de perder la suya.

En cierta manera la sucesión en el puesto no era extraña teniendo en cuenta que se trataba de una profesión en la que no había listas de espera, al menos hasta el siglo XIX. Era un trabajo ingrato y, además, de cara a un público que exigía, al mismo tiempo que la autoridad, un trabajo rápido y limpio. El verdugo era un apestado de la sociedad, pero recibía un buen sueldo y comisiones de los comerciantes y hosteleros próximos a los lugares de ejecución, No hay que olvidar que las ejecuciones eran públicas y concurridas convirtiéndose en lo que Pérez Fernández denomina un “teatro moral”. Sirva de ejemplo la última ejecución pública a garrote vil celebrada en Madrid en 1890 y a la que acudieron cerca de 20.000 personas. La ajusticiada fue Higinia Balaguer condenada por el crimen de la calle Fuencarral del que sería cronista de excepción Benito Pérez Galdós.

El verdugo, por tanto, era un profesional y como tal, intentaba ejercer su oficio con la mayor eficiencia. En particular las ejecuciones por decapitación que, entre otras cosas, estaban reservadas para los reos nobles y pudientes, mientras que para las clases más bajas se reservaba el ahorcamiento. Arthur Koestler nos cuenta como el chino Wan Lung, verdugo de la dinastía Ming, ensayó durante años para que, al decapitar al condenado con su espada, el corte fuera tan rápido y preciso que la cabeza no cayese separada del cuerpo, un privilegio para el condenado y un arte para el matarife; lo consiguió a los 68 años. Y aunque esto es un “cuento chino”, lo cierto es que, en algunos países, a fin de que el espectáculo no se convirtiera en una desagradable carnicería, se obligaba a realizar el trabajo con menos de tres golpes, lo que obligaba a los verdugos a practicar previamente con animales y a preferir carniceros para el oficio.

Otro de los más famosos verdugos de nuestra historia fue Giovanni Battista Bugatti, apodado “Mastro Titta” (derivado de “maestro di giustizia”), que entre 1796 y 1864 estuvo al servicio de la Iglesia de Roma y por el que pasaron más de 500 condenados o “pacientes” como él prefería llamarlos. De su labor dejó testimonio Charles Dickens en su obra “Estampas de Italia”, en la que relata una ejecución a la que asistió en Roma en 1844 y de la que fue protagonista Mastro Titta: ¡Sí! Un espectáculo así tiene un significado y es una advertencia. […] El verdugo, que no se atrevía, por su vida, a cruzar el puente de Sant’Angelo más que para cumplir su cometido, se retiró a su guarida, y el espectáculo acabó. Si alguien viaja o ha viajado a Roma, son numerosos los establecimientos hosteleros con el nombre de Mastro Titta, pero mejor no pensar en su profesión mientras disfrutan de la velada.

En España, donde la pena de muerte se mantuvo vigente hasta 1978 y, en el ámbito militar y en tiempos de guerra, hasta 1995, también hubo conocidos profesionales de este asunto tan delicado de la pena capital como cantaba Javier Krahe. Ya se ha mencionado en la cabecera a Áureo (o Cesáreo según otras fuentes) Fernández Carrasco, verdugo de la Audiencia de Madrid entre 1897 y 1916 y que ejecutó en 1906 al conocido delincuente Juan Andrés Aldije “El francés”. También Gregorio Mayoral Sendino, apodado “el abuelo” por su dilatada carrera que desempleó en la Audiencia de Burgos entre 1890 y 1928; entre sus víctimas más ilustres se encuentra Michelle Angiolillo, el anarquista que asesinó a Antonio Cánovas del Castillo, Presidente del Consejo de Ministros.

Hay que decir que en España donde no hemos sido muy condescendientes ni piadosos en esto de aplicar el castigo, se utiliza, desde de Fernando VII, como instrumento de ejecución el garrote vil. Un instrumento de origen romano, usado en época medieval y, en España hasta 1974, consistente en un collar de hierro que mediante giro de torno provocaba la muerte por estrangulamiento o rotura de cuello. En el caso del criminal José Mª Jarabo, en 1959, la agonía duró 25 minutos debido a la corpulencia del reo y la debilidad del ejecutor, Antonio López Sierra.

Este Antonio López Sierra, paisano natural de Badajoz, no fue precisamente un ejemplo para la profesión. Entre sus actuaciones más desastrosas y también más conocidas, se encuentran la ejecución de Pilar Prades, “la envenenadora de Valencia” que serviría a Berlanga y Azcona para el guion de la mencionada película de “El Verdugo” y, sobre todo, la de Salvador Puig Antich, joven anarquista condenado a muerte por el homicidio del subinspector Francisco Anguas en 1973 y ajusticiado por garrote vil en marzo de 1974. Este sería el último trabajo de López Sierra, al que llegó borracho alargando el suplicio de manera innecesaria durante veinte minutos.

Con este controvertido episodio que provocó reacciones adversas en todo el mundo, se ponía fin a las ejecuciones por garrote vil en España, pero todavía restaría tiempo al franquismo para, en sus últimos coletazos, ejecutar por fusilamiento a cinco personas en 1975, tres militantes del FRAP y dos de ETA político-militar.

 

Pero no todos los verdugos han sido oficiales, de hecho, los peores, los más letales y sanguinarios, son los que no tuvieron el valor de ejecutar las condenas, los dirigentes y ordenantes, también los que se escondieron bajo el disfraz de ciudadanos ejemplares para cometer delitos, crímenes y atrocidades, los que no fueron juzgados ni condenados, los que se ni siquiera pidieron perdón… de esos hablaremos otro día, ahora, como decía el verdugo Gregorio Mayoral tras cada ejecución, “con la música a otra parte”.

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Portada: Pepe Isbert, Nino Manfredi y Emma Penella. El verdugo. Luis G. Berlanga, 1963.

Imagen 2: Ejecución de Luis XVI el 21 de enero de 1793.

Imagen 3: Crimen de la calle Fuencarral. Madrid, 1888.

Imagen 4: Detención de Juan Andrés Aldije (El francés), 1904.

Imagen 5: Garrote vil.

Imagen 6: Salvador Puig Antich y Heinz Chez, últimos ejecutados por garrote vil.

 

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