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Manipular con la imagen

Por AURELIANO SÁINZ

Acabo de ver por el primer canal de TVE una imagen en la que aparece Jair Bolsonaro, actual presidente de Brasil, subido a un autobús descubierto en el que se muestra, junto con un grupo de seguidores, enarbolando un cuadro de Jesucristo al tiempo que invita a la población a no respetar el confinamiento ni seguir las recomendaciones que los gobernadores de los Estados de Brasil (ya que es una república federal) han hecho a la población para evitar la extensión del coronavirus entre la gente.

Curiosamente, en el mismo canal, poco después, se da otra noticia en la que se informa de la misa celebrada en la basílica de San Pedro del Vaticano en el que aparece el papa Francisco acompañado exclusivamente por quienes le ayudan en la celebración y en la que, en uno de los laterales, aparece exactamente la misma imagen de Jesús que había utilizado Bolsonaro en su campaña contra el confinamiento.

Si me pareció abiertamente obscena la utilización de los sentimientos religiosos de la población brasileña para inducirla a seguir unas conductas muy peligrosas en un país con una amplia población católica (aunque en la actualidad los grupos evangélicos están teniendo una enorme penetración en este país), parte de la cual está sumida en la pobreza, por lo que necesita todo lo contrario, es decir, la máxima protección, más aún me lo parece cuando lo hacía un personaje que abandona el catolicismo para bautizarse como evangélico, por el tirón político que tienen las sectas evangélicas en Brasil.

Pero de este presidente, de muy oscuro pasado, al igual que de Donald Trump (que también incita a la población estadounidense a manifestarse en contra del confinamiento) se puede esperar cualquier cosa.

Una vez que escuché la noticia protagonizada por Bolsonaro, me puse a escribir un artículo en el que pudiera explicar cómo la imagen suele ser utilizada por el poder político para falsear, engañar o mentir a una población que desconoce que está siendo objeto de una manipulación. Para ello me voy a basar en un ejemplo concreto, centrándome en un famoso cuadro para que entendamos cómo se puede falsear todo un hecho histórico.

Acudo, pues, al titulado Visita de Napoleón a los apestados de Jaffa, expuesto en el Museo del Louvre, perteneciente al artista francés Antoine-Jean Gros (1771-1835), uno de los pintores galos que realizó varios retratos de Napoleón Bonaparte. Y lo tomo precisamente por el paralelismo que tiene con la pandemia en la que ahora nos encontramos, es decir, la epidemia que se ha extendido por todo el planeta.

Previamente, quisiera indicar que las obras que Napoleón le encargó a Gros tenían una finalidad abiertamente laudatoria, en las que se ensalzaba la figura de quien fuera general republicano durante la Revolución y el Directorio franceses, y, posteriormente, el artífice de un golpe de Estado proclamándose emperador el 18 de mayo de 1804 (el 18 de brumario, según el calendario republicano francés), contando tan solo con 34 años.

Una vez recibido el encargo, Gros, en el año 1804, justamente en el mismo en el que Napoleón se autoproclama emperador, realiza el citado cuadro en grandes dimensiones, en el que no solo se ensalza al ya emperador francés, sino que, por medio de la imagen, se falsea un hecho histórico, al ofrecer una imagen muy distinta del horror que vivió la población de Jaffa una vez que fue tomada por las tropas francesas.

Así, Gros elige como tema de su obra la campaña militar de Oriente Próximo y el momento en el que Napoleón visita a los soldados franceses que eran víctimas de una epidemia de peste bubónica en la localidad de Jaffa (perteneciente en la actualidad a Israel) que se inició en el mes de marzo de 1799.

Esta epidemia, bien descrita por el cirujano del ejército francés Dominique J. Larrey, causaba diariamente la muerte de docenas de soldados, quienes, inicialmente, sufrían sed, deshidratación, dolores de cabezas, vómitos y dificultades para respirar. Horas después, fiebre con manifestaciones de taquicardia, visiones borrosas, contracciones musculares y estados de delirios hasta que aparecía el bubón en las axilas.

A partir de estos datos médicos, Gros realiza un cuadro de tipo historicista con una finalidad claramente política al servicio de la glorificación de Napoleón.

De este modo, en la escena vemos al militar francés rodeado de enfermos que se encuentran en el patio de una mezquita convertida en un improvisado hospital de campaña. Para resaltar su valentía, lo muestra de modo destacado en el centro de la obra, con una especial iluminación y bajo un arco ojival. Por otro lado, el pintor no duda en mostrarlo palpando el bubón de la axila de un enfermo, sorprendentemente con el guante izquierdo quitado. Esta imagen del general contrasta con la actitud temerosa de los dos oficiales que le acompañan que intentan apartarlo del contacto con los enfermos.

También, podemos observar que algunos de estos enfermos están siendo atendidos por médicos que visten típicos trajes árabes. Gros destaca de manera especial el que mira con desfallecimiento a Napoleón, al tiempo que un cirujano le produce una incisión en la axila, lugar en la que solía aparecer la adenopatía bubónica.

Tras observar el cuadro, cabe hacerse una pregunta: ¿Tan sensible y humanitario era Napoleón Bonaparte como para ser inmortalizado pictóricamente en una escena que, incluso, tiene algunas connotaciones religiosas al recordar ciertas iconografías de Jesús?

Si nos acercamos a lo que nos dicen los historiadores, podemos entender que no fue así, ya que la actuación de los soldados franceses fue brutal, una vez que tomaron Jaffa después de solo unas horas de combate. Tras la toma, asesinaron a bayonetazos a dos mil turcos de la guarnición que trataban de rendirse, al tiempo que, durante los tres días siguientes, se ensañaron con la población civil, robando y matando tanto a hombres como mujeres y niños. Todo acabó cuando el propio Napoleón ordenó que se ejecutaran a los tres mil soldados turcos que habían hecho prisioneros (al hablar de soldados turcos, hemos de entender que Jaffa era un enclave que pertenecía por entonces al Imperio Otomano).

¿Qué función cumplía, pues, la obra de Antoine-Jean Gros? Ciertamente, una función doble: por un lado, la de ensalzar la figura de Napoleón mostrándolo en una actitud humanitaria que de ningún modo se correspondía con su carácter y, por otro, la de ocultar la brutal crueldad con la que actuaron las tropas francesas tras la toma de Jaffa.

Han transcurrido más de dos siglos desde que el lienzo comentado viera la luz; sin embargo, la manipulación por medio de las imágenes, dentro del mundo digital en el que nos movemos, se ha multiplicado exponencialmente, pues no solo se utiliza de modo perverso por el poder político, como es el caso que he citado de Bolsonaro, sino que ahora funcionan por las redes sociales al alcance de cualquiera, incluso, de los más desaprensivos, lo que las convierten en un medio altamente peligroso por los contenidos perversos y tergiversadores que poseen.

 

 

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