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Lejos del verano

FRANCISCO JOSÉ NEGRETE (MARZO 2010)

“Se van muriendo los amigos”, me dijo Gabina Sanz mientras ambos mirábamos a través del cristal el cuerpo inerte de Felipe, una de las personas a las que más he querido en mi vida.

Le vi por primera vez un verano de hace cerca de 30 años. Él estaba en los hierros de la plaza, frente al bar Macareno, junto a otros que le escuchaban atentamente. Yo, que entonces era un adolescente, me fijé en su rostro. Era apuesto, rubio, guapísimo y un tanto enigmático. Y encima venía de conocer mundo… ¡Cómo para no rifárselo las mujeres de entonces!

Rosillo era un emigrante que retornaba joven a su pueblo en una época en que también lo hicieron Martín Bargón y Esteban Santos. Poco después le conocí. Debió ser alguna noche de cervezas en el bar que le traspasó Eulogio Vicho. Allí se fraguó nuestra amistad, una amistad que durará siempre, porque yo no pienso dejar nunca de quererle.

Felipe me enseñó tantas cosas… A adorar a Serrat: “Vuela esta canción para ti Lucía…”. “A esa muchacha que fue piel de manzana…”. Me las cantaba siempre, porque eran sus preferidas, tanto que su hija mayor se llama Lucía en homenaje a aquel hermoso tema del cantautor catalán. Me enseñó a ser crítico y honrado, cualidades que no abandonó jamás, ni cuando estuvo en la oposición política, ni en el corto periodo de tiempo que formó parte del gobierno local. No consiguió iniciarme en el amor ni en el sexo, a pesar de que lo intentó con varias chicas que iban a su bar a buscarme, según me decía. Pero sí me inició en la conducción: su Seat 127 blanco fue el primer coche que conduje. Fue un verano, por el camino de “la Cotá”, a donde solíamos ir a tomar café con leche de cabra en casa de unos familiares suyos. Me dejó el volante y se sentó a mi lado. Supongo que me cantaría “Fuiste mía un verano”, la canción de Leonardo Fabio que nos ponía melancólicos a ambos, para ayudarme a templar los nervios. “Hoy la vi, fue casualidad… Yo estaba en el bar. Me miró al pasar. Yo le sonreí y le quise hablar…”.

Ahora mismo oigo esa canción que me cantaba en las noches tristes que compartimos, y sé que siempre que la escuche sentiré un dolor profundo en el alma. Me la ponía en aquel viejo tocadiscos, mientras yo, sentando en un taburete, en aquel rincón mágico del bar, me iba haciendo adulto. Solía reñirme cuando llegaba un sábado y yo aparecía allí como un cliente más. Me decía que, a mi edad, debía estar en una discoteca y no en aquel lugar lleno de mayores. Pero yo prefería escuchar aquellas canciones románticas, hablar a ratos con él y verle feliz, porque, en el fondo, Felipe quería que yo estuviese allí. Además, casi siempre llegaba Manolo Gutiérrez y juntos consumíamos cervezas, cubatas y cientos de horas y de sueños.

Sus últimos años en el bar fueron duros. Odiaba aquel trabajo y quería más libertad de movimientos. Fue la peor época de su vida. Después llegó la etapa del salón de juegos y la política activa. Fundó ORPO junto a Ángel Vadillo, Eulogio Vicho y María Pámpano. Él tenía el corazón rojo y se confesaba comunista, pero lo sentía como utópico y era pragmático a la hora de llegar a la gente y gobernar. Por ello, cuando en la primera asamblea de ORPO el joven Ángel Vadillo dijo que para pertenecer a aquel colectivo independiente había que ser marxista y leninista, Felipe replicó que para ser de ORPO bastaba con querer trabajar por lo mejor para Alburquerque.

Tras ocho años en la oposición, aquel grupo alcanzó el poder, y Rosillo, amante del campo, se sintió feliz con la concejalía de Baldíos.

No es el momento de contar lo que ocurrió poco más de un año después, cuando por coherencia abandonó su cargo y no volvió más. Si él hubiera seguido, otro gallo cantaría hoy tanto al pueblo como al propio Vadillo, porque no habría consentido muchas cosas. Pero era crítico y estorbaba, y por eso no le llamó para que regresara.

Su alejamiento del poder no supuso el desinterés por la política, la gran pasión de su vida. Fueron años en los que muchos de sus antiguos compañeros le dieron la espalda y solo los amigos de verdad seguimos a su lado. Se centró en su familia: Petra, la esposa que le acompañó más de 20 años; Yatila, nombre de su hija pequeña en homenaje a los palestinos asesinados en los campos de refugiados de Shatila; y Lucía, que ahora estudiará motivada por la ilusión de su padre de verla con la carrera terminada.

Su última visita a mi casa fue a finales de enero (de 2010). Nos contamos ambos las penas y los secretos, como hicimos siempre en los últimos 25 años. Le vi desmejorado, pero no dejamos de charlar de política. Quince días después le devolví la visita. Felipe apenas podía levantar la cabeza para mirarme y ya solo hablaba de su salud. Entonces supe que pronto nos quedaríamos sin uno de los hombres más honrados que he conocido. Cinco días antes de su muerte me dijo por teléfono que estaba sentado al sol, en el hospital, esperando que llegara el verano, la época en que se encontraba mejor de salud. “Otra vez será, otra vez será… Tierno amanecer. Sé que nunca más…”.

Felipe se ha marchado con 60 años, lleno aún de sueños. Yo le hablaba de proyectos como su incorporación a Azagala, revista de la que era suscriptor, y le sugería que creáramos un partido independiente para recuperar el espíritu ilusionante del principio de ORPO. Pero aquellos años ya nunca volverán. Sé que jamás encontraré a alguien como Felipe y buscarle ya es inútil, aunque “escarbara la tierra con los dientes…”

Y a partir de ahora, cuando se acerque el verano y camine por las callejas que recorrimos juntos cuando pensábamos en cambiar el mundo, escucharé los ecos de su voz y tal vez sonría por haber tenido el inmenso placer de compartir con Felipe Rosillo Santos una amistad larga y sincera.

Se me ha ido el amigo, sí, pensé en contestar a Gabina mientras mirábamos su rostro en el tanatorio, a través del cristal. Se ha marchado ligero de equipaje. Se fue desnudo sin esperar a que el sol viniera a buscarle temprano. Lejos del verano.

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Portada: Caseta del PCE en una feria. Rosillo aparece, puño en alto, detrás de Martín Bargón.

Foto 2: Felipe, en una de sus apasionadas conversaciones políticas, detrás de la barra de su bar.

Foto 3: Felipe Rosillo, en la madurez.

Foto 4. Con Juan Castaño.

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