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Vida y muerte de don Álvaro de Luna (XIII). Últimas batallas

Por AURELIANO SÁINZ

Nos encontramos en el año 1448. Álvaro de Luna se acerca a los sesenta años, por lo que ya no tiene el vigor y el brío que años atrás mostraba. Los avatares de su agitada vida, lógicamente, dejaron grandes cicatrices no solo en su cuerpo sino también en su ánimo, tras los muchos desengaños, desconfianzas y rencores que había acumulado con el paso del tiempo.

Siempre había estado incondicionalmente al lado de Juan II, su rey, al que mantuvo una inequívoca lealtad desde que entró en la Corte para ser paje de un niño de tres años que le tuvo como si fuera el padre que le faltó.

Había luchado contra los Infantes de Aragón (alguno ya fallecido como el infante don Enrique y otros ya asentados en tronos peninsulares) y los había derrotado siempre; pero ahora no solo tenía enfrente a los monarcas de Aragón y de Navarra, sino que también eran sus enemigos, más o menos declarados, el príncipe Enrique, futuro monarca de Castilla como Enrique IV el Impotente y el privado de este, el marqués de Villena, tan ambicioso como había sido él desde sus comienzos. Pero, sobre todo, Isabel de Portugal, la segunda mujer de Juan II, la misma que, erróneamente para sus intereses, aconsejó al monarca como esposa, tras el fallecimiento de su primera mujer.

Quizás este fuera el mayor error de su vida, pues no imaginó que esa joven, morena y atractiva mujer, pronto se convertiría en su gran enemiga, dispuesta a deshacerse de él por cualquier modo al comprender el influjo y autoridad que ejercía sobre quien ya era su marido.

En esas circunstancias, y tal como dice César Silió, “lo prudente hubiera sido renunciar por completo al mando y retirarse a gozar de una vejez descansada en sus castillos de Escalona y de Alburquerque” (pág. 191), puesto que hay que saber planificar la retirada cuando ya no se tienen las fuerzas de antaño y se comprueba que las fuerzas hostiles se acumulan.

Quizás, el condestable de Castilla y maestre de la Orden de Santiago (la orden militar más poderosa de los reinos peninsulares, puesto que dependía solo del rey y del Papa) midió mal y pensó que el monarca, tan pródigo en favores con él durante tantos años, no le abandonaría nunca y que le sería posible ganarse la simpatía de la joven reina con fiestas y halagos, como la que planificó para ese año de 1448 en su castillo-palacio de Escalona.

Y lo hizo en esta villa toledana puesto que su castillo-palacio se encontraba en terreno llano (aunque uno de sus laterales se asome a un gran barranco), por lo que aquí le resultaban más fáciles los festejos y banquetes que hacerlos en la villa de Alburquerque, con una magnífica fortaleza ubicada en un alto cerro rocoso y con un carácter abiertamente defensivo.

El festejo de Escalona en homenaje a los reyes queda elocuentemente descrito dentro de la Crónica de Don Álvaro, que escribiera por aquella época Gonzalo Chacón, ayudante del condestable don Álvaro de Luna, puesto que esa sería la última celebración que realizaría con el deseo de agasajar a Juan II, al tiempo que intentar ganarse el aprecio de la joven reina (cosa que nunca lograría).

Acudo de nuevo a César Silió, quien nos dice lo siguiente: “Esta vez se excedió a sí mismo, deseoso de ganar al Rey con agasajos y ablandar a la Reina, hasta vencer su malquerencia, que no podía ignorar, con obsequios y distracciones. Dispuso en primer término una gran montería. (…) En ella se mataron varios venados a la vista de las damas, y el correr de los perros tras las piezas de caza y la destreza con que las derribaron los caballeros pareció divertir a la Reina. Después siguieron todos juntos a Escalona y descabalgaron en el alcázar, donde las fiestas se sucedieron en los días que sirvió de alojamiento a la corte” (págs. 192-193).

En lenguaje popular, podemos decir que Álvaro de Luna ‘tiró la casa por la ventana’ en esta ocasión, pues la fiesta cortesana maravilló hasta a los acompañantes portugueses de la reina, al ver tanta riqueza como se exhibía en el castillo del condestable.

“Dentro eran de admirar las cámaras y salas guarnecidas de paños franceses, el lujo de las mesas, la profusión y riqueza de las vajillas; las gradas y aparadores, cubiertas de valiosas y artísticas piezas de oro y plata. El día de llegada fue el Rey servido con copa de oro… que era un espléndido regalo hecho a don Álvaro de Luna por la ciudad de Barcelona” (César Silió, pág. 193).

Banquetes, danzas, conciertos de música, torneos, justas -a caballo en el patio delantero y a pie en la sala rica– fueron las exhibiciones que se desarrollaron a lo largo de varios días, antes de que los reyes regresaran a Madrid, donde querían celebrar la pascua de Navidad.

Pero la realidad se impone, y lo cierto es que con la marcha de los monarcas a Escalona volvió el silencio, con el condestable, su mujer y sus hijos sintiendo la soledad y el aislamiento en el que se encontraba, sin amigos ni partidarios ahora que su poder en la Corte comenzaba abiertamente a declinar.

Quizás el sentimiento de soledad que le abrumaba quedara amortiguado por los conflictos bélicos que surgían en distintos lugares del reino, tal como se comprueba por los sangrientos episodios que se produjeron en esos años con los levantamientos de Cuenca y Toledo, en los que salen vencedoras las fuerzas comandadas por el condestable de Castilla, como siempre había acontecido, lo que da lugar a que la mayoría de los historiadores lo reconozcan como el mejor estratega militar de su época.

Pero esa vida militar se cierra con el encuentro de armas que se produjo en Palenzuela, villa ubicada en el este de la provincia de Palencia. Y es que encontrándose Juan II en Burgos, llegaron a la Corte noticias de que el almirante don Fadrique se había sublevado contra el poder real declarando la guerra a Castilla en Palenzuela, villa de su propiedad, en la que tenía a su gente encastillada, al tiempo que asolaba la comarca vecina.

Hacía allí se dirigió el rey y su condestable, albergándose ambos en el monasterio de San Francisco, ya que era un otoño lluvioso y el río Arlanza bajaba muy crecido, por lo que se hacía imposible vadearlo. Fue necesario construir en poco tiempo un puente de madera para salvar esta dificultad.

De este modo, “había comenzado el año 1452, cuando una mañana, un grupo de nobles jóvenes entraron en la villa cruzando el puente sin permiso expreso del Rey ni del Condestable. Su propósito no era otro sino sembrar inquietud entre las gentes de Palenzuela y desafiar de aquel modo al Almirante dentro de sus pertenencias” (Serrano Belinchón, pág. 186).

A partir de ese momento se sucedieron las confrontaciones, siendo herido de gravedad, en una de ellas, don Álvaro de Luna en un brazo. No obstante, “la batalla de Palenzuela acabaría por acuerdo al cabo de los días, cuando los habitantes de la villa, mermados en sus ánimos por las bajas, el temor y la falta de víveres para aguantar el sitio” (Serrano Belinchón, pág. 188).

El acuerdo final condujo a que la villa se rindiese al rey de Castilla, quien inmediatamente se la cede a su hijo el príncipe Enrique. Sería, pues, la última batalla militar que libraría don Álvaro de Luna.

A partir de ahora se enfrentaría a otra más dura aún: la de su supervivencia. No podía imaginar que un año después, el 2 de junio de 1453, sería decapitado públicamente en una plaza de Valladolid en la presencia del gentío que se agolpaba para contemplar el terrible espectáculo de ver caer a quien fuera el personaje más poderoso de Castilla durante más de cuarenta años.

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Anotaciones:

En la portada del artículo aparece una fotografía del castillo de Escalona (Toledo). Quisiera apuntar que las mejores referencias a los castillos de España las encontramos en esa magnífica obra del historiador británico Edward Cooper titulada La fortificación en España en los siglos XIII y XIV (vol. I y II). En ella, se nos describe con toda minuciosidad la estructura del castillo-palacio de Escalona, uno de los más relevantes de la provincia de Toledo.

La primera ilustración dentro del texto se corresponde con una pintura medieval del siglo XV, que es el que estudiamos, en la que se representa un banquete dentro de un palacio.

Nuestro país está atravesado por cientos y cientos de castillos, algunos de ellos, lamentablemente, en estado de ruina, como vimos en el capítulo anterior dedicado al de Mayorga. En este caso, la fotografía del interior nos muestra lo que queda del castillo de Palenzuela, del que apenas se conservan algunos lienzos de sus murallas o torres. De todos modos, representan un vestigio con gran valor histórico, dado que son las huellas de un pasado que debemos conocer.

 

 

 

 

 

 

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