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Carta a Juan Ángel Santos

Estimado Juan Ángel:

Cuando leí la extensa respuesta que aportabas en los comentarios del artículo Adiós al paraíso, que recientemente apareció en Azagala, comencé a escribir para darte las gracias por esa contribución tuya a abrir un debate sobre lo que yo allí exponía.

Una vez que la carta la tenía realizada, recibí un correo electrónico de Francis para indicarme que se encontraba en Portugal y que regresaría el 2 de agosto. Con anterioridad, le había remitido el artículo En recuerdo de mi padre, que ya ha sido publicado.

Como lo que escribo para la revista no son temas referidos a noticias puntuales, no creo que tenga importancia que hayan transcurridos unos días, dado que sobre el paseo de Las Laderas todavía queda mucho que debatir.

Así pues, te indico que el agradecimiento a tu comentario va en doble sentido: por un lado, debido a la muy buena argumentación que realizas de tus ideas o postura acerca de la cuestión allí expuesta. También porque das lugar a que la revista sea un lugar de encuentro y debate, lejos de la crispación que se desarrolla en otras páginas digitales.

Una vez que leí detenidamente tu escrito, paso a mis apreciaciones y aclaraciones, intentando ser breve, pues tengo tendencia a extenderme en los argumentos que utilizo.

En primer lugar, quisiera apuntar que la idea del Paraíso primigenio o terrenal, inicialmente, se ofrece en diferentes religiones, tanto para explicar el origen del mundo y de la humanidad como para recordar que hubo un tiempo de inocencia y felicidad, tal como se manifiesta en el Génesis, primer libro de la Biblia, que, como todos sabemos, es un libro sagrado compartido por las tres religiones monoteístas: judaísmo, cristianismo e islamismo.

Puesto que vivimos en una cultura cristiana, predominantemente católica en nuestro país, este relato es conocido por todos, por lo que, al referirme al Paraíso terrenal y a nuestros primeros padres, uno puede creer literalmente lo que allí se dice (que no es mi caso) o entenderlo como forma metafórica y simbólica, que otros, creyentes o no creyentes, aceptan para no entrar en colisión con lo que hoy nos dice el pensamiento racional y científico.

En el primer modo de interpretación indicado creía un joven profesor al que le estuve dirigiendo durante cinco años su tesis doctoral. Para mí fue una sorpresa cuando me lo expresó, dado que, por un lado, se conducía con todo rigor en el trabajo de investigación que yo le dirigía y, por otro, sostenía creencias que contradecían lo que investigaba. Pero, claro, estas son cuestiones que él personalmente las debería resolver, pues tengo como principio respetar las opiniones de mis alumnos, de cualquier nivel, aunque estén muy alejadas de las mías.

Acerca de esta cuestión, quisiera apuntar que en las clases, en las que solemos debatir mucho, nunca se me ocurre rectificar ni puntualizar a ningún alumno o alumna en función de sus convicciones, puesto que de hacerlo el debate abierto y espontáneo pronto se acabaría. Y es que en el campo educativo soy bastante socrático como profesor, en el sentido de que entiendo que la libertad de opinión y creencias es condición indispensable para el avance del desarrollo personal. Otra cuestión distinta son los aprendizajes que deben alcanzar, que están relacionados con las asignaturas y que forman parte de los programas.

Vuelvo de nuevo al tema que nos trae, centrado en la idea del paraíso perdido, para no alejarnos demasiado.

Durante siglos la creencia en el Paraíso terrenal era la explicación incuestionable que daba la Iglesia católica y que nadie ponía en duda. Sería en el Renacimiento, con el resurgir del humanismo basado en la recuperación de los pensadores clásicos, cuando empiezan a surgir búsquedas laicas a ciertas formas ideales de la vida, basadas en comunidades imaginadas por sus autores y que podrían considerarse como sociedades humanas perfectas y felices. El punto de partida, como bien sabes, es la obra ‘Utopía’ del inglés Tomás Moro. Ahora ya no se mira al pasado, sino que se hace hacia el futuro.

Desde entonces, son numerosas y muy diversas las utopías imaginadas (algunas con intentos de llevarlas a la práctica, caso de los falansterios de Charles Fourier o las colonias de New Harmony de Robert Owen en el siglo XIX). Por mi parte tengo una amplia bibliografía sobre este tema, pues hace algunas décadas participé en un proyecto colectivo que se expresaba a través de una revista cultural que llevaba el mismo nombre que la sociedad ideal, dentro de una imaginaria isla, descrita por Tomás Moro, es decir, Utopía.

De esas utopías o sociedades paradisíacas del Renacimiento a las antiutopías o distopías del siglo XX, tal como nos las describen los británicos Aldous Huxley en Un mundo feliz o George Orwell en 1984, hay un largo camino que va del máximo optimismo en la condición humana al escepticismo e, incluso, abierto pesimismo.

Y en medio de ambos polos -utópicos y antiutópicos- se encuentran los que acuden a un supuesto paraíso por su propia cuenta. Es lo que aconteció con el pintor francés Paul Gauguin, quien en el siglo XIX, decepcionado con la sociedad parisina de la que era originario, se marcha a las islas paradisíacas del Pacífico en la búsqueda de una sociedad sencilla e inocente, tal como él pensaba que eran los nativos de la Polinesia francesa, ya que no estaba contaminada por los valores y costumbres de la sociedad industrializada.

Te cito a este pintor francés porque, junto a la vida tranquila y apacible de los pobladores de estas islas, deseaba mostrar una naturaleza casi virgen, no hollada por los pies del hombre occidental. Sobre esta pretensión lleva a cabo sus planteamientos pictóricos. Es la razón por la que utilizo uno de sus cuadros acerca de esa naturaleza exuberante como portada, al tiempo que incorporo otros dos como pausas de la carta. En esos cuadros utiliza colores de gran luminosidad para evocar a ese paraíso a punto de extinguirse, y que hoy, por desgracia, se encuentra un tanto al límite.

En tu escrito dices que en vez de ‘paraíso’ prefieres hablar de ‘jardín’, como un lugar bello con abundantes árboles y animales, siendo un remanso de paz, y que, en el caso de Alburquerque, se encontraba en Las Laderas, porque en aquel entorno se daban las características que asocias con el concepto de jardín.

No soy yo el que tenga que cuestionar o matizar tus ideas. No obstante, cuando acudí al título de Adiós al paraíso para referirme al inmenso destrozo que se ha realizado con el paseo no se debe solo a la belleza del paisaje, puesto que los bellos jardines abundan, y, sin embargo, creo que no los podemos entender como pequeños paraísos para los que nacimos en Alburquerque.

Es necesario amar a ese jardín, o a ese espacio mítico, como era el paseo de Las Laderas, tal como lo hacemos quienes crecimos en su entorno. Son las emociones profundas ligadas a recuerdos inolvidables lo que le dan la categoría de paraíso perdido de nuestra infancia y juventud.

Creo que muchos de los que ahora nos leen podrían relatarnos aventuras, experiencias, proyectos y sueños que surgieron y vivieron en ese lugar al que ahora no me importa llamarle paraíso perdido. Estoy seguro que entre todos podríamos escribir un libro lleno de recuerdos imperecederos, que, a fin de cuentas, son evocaciones de momentos felices ligados a un tiempo y a un espacio tan querido que, de ningún modo, imaginábamos que se le iba a sacrificar de manera tan impune y sin ningún respeto a quienes lo crearon, y que, por nuestra parte, teníamos la obligación de cuidarlo, mantenerlo y mejorarlo; de ningún modo arrasar con él, tal como lo hizo un desaprensivo.

Antes de cerrar, quisiera añadir otro elemento de tipo personal por el que considero que el paseo de Las Laderas es un paraíso perdido.

Cuando estudié Arquitectura acabé en la especialidad de Urbanismo. Es por ello que siempre que visitaba Las Laderas imaginaba cómo se podía mejorar el paseo que nos legaron aquellas generaciones que lo crearon, teniendo presente las posibles actividades que en estos tiempos se desarrollan en su entorno: Contempopránea, Festival Medieval, etc. Pensaba que en Alburquerque convenía potenciar ese entorno maravilloso, protegiendo el carácter de paseo que siempre ha tenido.

Si el Ayuntamiento hubiera planteado de manera correcta su reforma, podría haber convocado un concurso de ideas abierto entre profesionales expertos (arquitectos, urbanistas, ingenieros) para ver alternativas a medio y largo plazo. Sin embargo, y tal como he escrito en otra ocasión, ni siquiera hubo un proyecto; solo se elaboró una escueta memoria que, aun así, fue rechazada por la Comisión de Patrimonio. El desastre estaba por venir.

Y es que como un día un miembro de la oposición municipal me indicó, ante su expresa petición, el exalcalde le manifestó que no presentaba el proyecto porque “los de Adepa se lo íbamos a echar para atrás, tal como ocurrió con la hospedería en el Castillo”.

Así pues, ¡triste final para un mítico paseo! ¡Ocasión perdida para Alburquerque que, una vez más, se la hundía en las tinieblas!

Desde Córdoba, recibe un afectuoso saludo, y si coincidimos en alguna ocasión en nuestro pueblo para mí sería un gran placer que pudiéramos conocernos personalmente y charlar con tranquilidad.

 

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